De quienes prometen servir al pueblo y terminan sirviéndose de él
Todas las funciones empiezan igual: se apagan las luces, sube el telón y aparece un personaje con la patria en la boca, la democracia en el programa y el pueblo en cada frase. Se sabe el papel de memoria. Sabe qué palabras tranquilizan y qué promesas arrancan aplausos.
Lo difícil llega cuando se acaba el guion. Cuando descubre que entre representar a la gente y mandar en su nombre hay una diferencia muy rentable. Ahí deja de ser un servidor público y pasa a ser otra cosa: el protagonista impostado.
Las promesas también caducan
En 2011, el PP prometió en campaña que no subiría los impuestos. En diciembre, ya en el Gobierno, aprobó una subida del IRPF y del IBI. La excusa fue el déficit heredado, la de siempre.
Y no es cosa de un solo color. El PSOE ganó en 1982 con el «OTAN, de entrada no» y en 1986 pidió el sí en las urnas. Cambian las siglas, los decorados y los decepcionados; el libreto es el mismo.
Lo que no cambia es lo que el impostor espera de nosotros: que tengamos la memoria corta. Presenta cada contradicción como una necesidad, cada renuncia como responsabilidad y cada fracaso como herencia de quien estuvo antes. Así lo excepcional se vuelve costumbre, y la rendición de cuentas se reduce a la próxima campaña, donde se vuelve a prometer. Un voto se presta, no se regala.
Una bandera no paga el alquiler
Otros prefieren el papel de gran defensor de España: bandera, unidad, mano dura, himno. Se ponen la patria como quien se pone un traje de gala. Pero ¿qué lugar ocupa la gente en esa patria?
Una bandera no paga el alquiler. Un himno no llena la nevera. Ninguna declaración solemne sustituye a un sueldo digno, una sanidad que llegue a tiempo o una escuela pública de calidad. Y un país donde los jóvenes no pueden irse de casa a los treinta tiene un problema que no arregla ningún discurso.
El amor a un país no se mide por lo fuerte que se pronuncia su nombre, sino por a quién protege y a quién le pasa la factura.
Abrir las ventanas, cerrar las puertas
El impostor también crece dentro de los partidos, incluso en los que nacieron para combatir privilegios. Llega denunciando estructuras cerradas, pidiendo transparencia y prometiendo devolver el partido a la militancia. Y encuentra eco, porque habla de problemas reales: gente que lleva años trabajando sin reconocimiento, esperando que su partido sea algo más que una maquinaria electoral.
Gana posiciones, suma apoyos, llega a un cargo. Y entonces llega la prueba. Si le cuestionan, ¿escucha? Si las reglas no le favorecen, ¿las respeta? Si pierde la confianza que le sostenía, ¿se va?
Si no, empieza a confundir el partido con su dirección, la discrepancia con la deslealtad y la democracia con la obligación de aceptar lo que él decide. La regeneración se queda en cambio de caras: cambian los ocupantes y se conservan las costumbres. Prometía abrir las ventanas y acaba levantando habitaciones cerradas.
Cobrar por hacer política no tiene nada de malo; nadie debería necesitar fortuna para dedicarse a ella. Lo grave es cuando el cargo deja de ser un medio y pasa a ser el fin. Entonces los compañeros son obstáculos, las críticas son amenazas, y la militancia deja de ser protagonista para convertirse en público de una obra que otros representan en su nombre.
Hay un momento en que la distancia con la calle deja de ser de metros y pasa a ser de cabeza. Entre moquetas y despachos se crea una realidad propia donde todo es urgente, todo es decisivo y todo es «ahora no toca». Fuera, mientras tanto, la gente trabaja, busca empleo, cuida de los suyos y paga facturas que no desaparecen porque un partido celebre una reunión.
Quien aplaude también actúa
Ningún impostor llega solo. Necesita un patio de butacas que aplauda, que disculpe, que diga «bueno, pero los otros son peores» y que vuelva a comprar la entrada la próxima vez. Mientras el engaño salga gratis, seguirá en cartel.
Y el patio de butacas somos nosotros: los que votamos por costumbre, por miedo, «por si acaso» o para que no gane el otro. Cada voto concedido sin pedir cuentas es una función más. Aquí no hay inocentes del todo, ni culpables solos.
El 13 de noviembre arranca la campaña, y durante quince días volverán los focos, los lemas y las promesas. Será la ocasión de hacer lo que el impostor menos desea: guardar lo que dice, comparar lo que prometió la última vez con lo que hizo y votar con la hemeroteca abierta.
Un discurso se distingue de una convicción por lo que pasa cuando cumplirlo sale caro. Por eso, cuando alguien se presente como salvador, regenerador o defensor de la patria, no miremos lo que promete: miremos qué hace cuando ya no necesita convencernos.
España no es de quienes gobiernan, ni los partidos de quienes los dirigen. Y cuando el protagonista se cree dueño del escenario, quizá sea hora de recordarle quién paga la función y quién decide si sigue en cartel.
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