El peligro no está solamente en desconocer cómo funciona la política, sino en creer que nuestras certezas nos hacen inmunes a sus consecuencias.
Cuando la ignorancia se convierte en dogma
Se le atribuye a Bertolt Brecht la idea de que el peor analfabeto es el analfabeto político: aquel que desconoce que el precio de los alimentos, el alquiler, los medicamentos y las condiciones de su vida cotidiana dependen también de decisiones políticas. Pero hoy debemos llevar aquella reflexión un poco más lejos.
Porque el problema no es solamente no saber. Quien reconoce su desconocimiento todavía puede preguntar, escuchar, aprender y cambiar de opinión.
El problema empieza cuando la ignorancia se convierte en certeza.
El analfabeto político no es necesariamente quien desconoce las instituciones, los partidos o las leyes. Es también quien ve cambiar sus condiciones de vida sin preguntarse qué decisiones hay detrás y puede llegar a votar contra sus propios intereses mientras convierte su elección en un acto de fe.
Ya no necesita argumentos: necesita certezas. Los datos que contradicen sus convicciones se convierten en mentiras, manipulaciones o conspiraciones. La realidad deja de servir para revisar sus ideas; son sus ideas las que determinan qué parte de la realidad está dispuesto a aceptar.
Veamos cómo se llega hasta ahí.
La política no es neutral
La política es confrontación porque detrás de las decisiones públicas existen distintas maneras de organizar la sociedad, diferentes valores y prioridades y, sobre todo, intereses que no siempre coinciden.
Quien vive de su salario no tiene necesariamente los mismos intereses que quien obtiene beneficios del trabajo ajeno. Quien necesita una vivienda para vivir no contempla el mercado inmobiliario del mismo modo que quien acumula propiedades para obtener rentabilidad.
Esto no significa que la posición económica determine automáticamente el voto. Las personas también deciden según sus valores, sus convicciones, su identidad y sus expectativas. Pero los intereses materiales existen, y no desaparecen porque dejemos de hablar de ellos.
El problema surge cuando quien ocupa una posición subordinada termina defendiendo decisiones que perjudican sus propias condiciones de vida: el trabajador que apoya medidas que debilitan sus derechos laborales, o quien depende de la sanidad pública y respalda su privatización.
Mientras tanto, quienes concentran riqueza y poder disponen, por lo general, de más recursos para identificar sus intereses, defenderlos e influir en las decisiones políticas. Aunque discrepen sobre impuestos, regulaciones o modelos de negocio, esas diferencias no les impiden defender aquello que consideran esencial para preservar su posición económica.
Pueden discutir cómo repartir el pastel sin cuestionar quién posee el pastel.
¿Quién construye nuestro sentido común?
¿Cómo llega una persona que depende de su salario, necesita una vivienda y utiliza los servicios públicos a identificarse con opciones políticas que pueden perjudicar esas mismas condiciones de vida?
Nadie construye su visión del mundo desde cero. Aprendemos qué consideramos justo, a quién atribuimos nuestros problemas y qué soluciones nos parecen posibles a través de la familia, la escuela, el trabajo, nuestro entorno y los medios de comunicación. También influyen la publicidad, las redes sociales y los discursos políticos. No hace falta imponer una idea por la fuerza cuando esa idea termina pareciéndonos de sentido común.
Por eso, una de las grandes batallas políticas consiste en definir qué decisiones parecen razonables, cuáles parecen imposibles y quién debe cargar con la culpa de los problemas.
Si la precariedad se presenta como una consecuencia inevitable de la economía, dejamos de preguntarnos quién se beneficia de ella. Si la falta de vivienda se explica solo como un problema de oferta, podemos acabar aceptando que el mercado resuelva una crisis alimentada también por la especulación.
El mecanismo desplaza nuestra mirada. En lugar de discutir el reparto de la riqueza, discutimos quién merece recibir ayudas. En lugar de preguntarnos por qué existen determinadas desigualdades, enfrentamos a quienes las padecen.
Así, quienes podrían encontrar motivos comunes para cuestionar las reglas terminan enfrentándose entre sí.
No hace falta suponer que alguien controla cada pensamiento: las personas interpretan la realidad y pueden priorizar convicciones por encima de sus intereses materiales. Pero cuando dejamos de examinar cómo se construyen nuestras ideas, dejamos también de reconocer hasta qué punto condicionan nuestras decisiones.
El poder no consiste únicamente en decidir por los demás. También consiste en influir en la manera en que los demás interpretan el mundo.
Las consecuencias
Las decisiones políticas no se quedan en las urnas. Se convierten en leyes, presupuestos, prioridades y derechos. Determinan quién paga, quién recibe, qué se protege y qué se sacrifica.
Cuando se debilitan los derechos laborales, las consecuencias no distinguen entre quienes votaron a favor y quienes votaron en contra. Cuando se deteriora la sanidad pública, la enfermedad no pregunta por nuestras ideas. Cuando la vivienda se convierte en un instrumento de especulación, el alquiler no consulta a quién votamos antes de llegar a nuestra cuenta bancaria.
Votar según las propias convicciones no es un error. La libertad política incluye el derecho a defender valores y modelos de sociedad diferentes. El problema aparece cuando confundimos convicción con conocimiento, cuando creemos que nuestras buenas intenciones garantizan los resultados o cuando nos negamos a revisar una decisión después de comprobar sus consecuencias.
Una persona puede votar convencida y descubrir después que los resultados no eran los prometidos. Equivocarse es humano. Negarse a reconocer el error es otra cosa.
Cuando conocemos las consecuencias de nuestras decisiones, tenemos la responsabilidad de examinarlas. Y si la realidad contradice nuestras expectativas, deberíamos ser capaces de revisar nuestras posiciones sin sentir que traicionamos nuestra identidad. Conviene aplicárnoslo también a quienes escribimos y opinamos: nosotros también podemos confundir convicción con conocimiento.
Una democracia no se debilita únicamente cuando alguien intenta privarnos del derecho a elegir. También se debilita cuando renunciamos a ejercer ese derecho con criterio propio, cuando sustituimos el pensamiento por la obediencia y convertimos nuestras convicciones en dogmas inmunes a cualquier evidencia.
Brecht señaló el peligro de ignorar la política. Quizá el peligro sea todavía mayor cuando creemos entenderla perfectamente y ya no admitimos preguntas.
Porque el verdadero pensamiento crítico no consiste en tener siempre razón, sino en conservar la capacidad de reconocer cuándo podemos estar equivocados.
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