EL ODIO FUNCIONA


Paco lleva once años en el mismo bar. Sabe quién toma el café con hielo, a quién le duele la espalda y quién lleva dos días sin aparecer, y si falta alguien es el primero en preguntar.
Karim le sirve la caña desde hace casi tanto tiempo. Sin espuma, como a él le gusta, sin que Paco tenga que pedirla.
Hoy Paco ha pagado sin mirarle. Se ha ido sin decir hasta mañana.
Ya en casa, mientras Lola remueve la sopa, Paco lo suelta sin mirarla:
—Igual cambio de bar. Ya sabes cómo son estos.
Lola deja la cuchara y lo mira. Acaba de echar el cerrojo, dos vueltas, aunque ya estaban los dos dentro.
Se pregunta cuándo se fue aquel Paco que paraba a medio barrio en la plaza, que saludaba al del kiosco y a la de la frutería sin fijarse en el color de nadie, que llegaba tarde a cenar porque se había quedado hablando. Este anda cabizbajo, mira de reojo a los chavales de la esquina, comprueba la puerta dos veces. Ha perdido la chispa, y ella no sabría decir el día exacto en que dejó de verla.
—¿Cómo son quién? Si Karim te conoce mejor que tu cuñado.
Paco abre la boca y no le sale nada. Lo peor no es no saber qué contestar. Es no recordar desde cuándo lo sabe.
Nadie le había enseñado a odiar. Nadie, de golpe, nunca. Pero tampoco hizo falta.
Porque el odio funciona, y conviene reconocerlo antes de seguir. Capta la atención, moviliza y simplifica. Convierte un problema complejo en una respuesta sencilla y, cuando lo que hay es miedo o frustración, ofrece un culpable. Funciona. Pero destruye: a quien lo siente y a la sociedad que lo cobija, que acaba necesitando cada vez más control, exclusión y represión para contener lo que ella misma ha alimentado.
¿Cómo se llega a Paco? Casi nunca de golpe. Primero un miedo pequeño: la tele habla de inseguridad, las estadísticas dicen otra cosa, pero la tele suena más fuerte. Luego la amenaza: nos quitan el trabajo, la sanidad, la seguridad, la forma de vida. Después la explicación cómoda: son ellos. Y al final la etiqueta, que borra a la persona y deja una categoría. Inmigrantes. Menas. Gitanos. Musulmanes. Judíos. Pobres. Rojos… Los otros.
Y para que todo eso se pegue hace falta un ingrediente más: la repetición. Una mentira repetida no se vuelve verdad, pero sí familiar, y lo familiar, con el tiempo, deja de escandalizar. Ese es el verdadero peligro. No que aparezca el odio, sino que nos acostumbremos a él.
Mientras tanto, hay quien le saca partido. El odio da audiencia, da clics, da votos, da poder. Políticos que cosechan votos señalando al más débil, medios y tertulianos que cosechan audiencia, redes que cosechan clics. Y mientras miramos con recelo al vecino que no se parece a nosotros, dejamos de mirar a quien recorta la sanidad que de verdad nos falla, a quien aprieta en el trabajo, a quien decide. ¿Quién gana cuando una sociedad deja de discutir sus problemas y se dedica a odiar a quienes supuestamente los provocan? Basta con fijarse en quién sigue cómodo.
La libertad de expresión es un pilar de cualquier democracia que merezca el nombre, y por eso hay que protegerla. No toda opinión que nos ofende debe perseguirse, y una democracia que se asusta de cualquier palabra incómoda sería demasiado frágil. Pero tampoco todas las palabras son inocuas: hay discursos que amenazan, acosan y deshumanizan de forma sistemática. Mirar hacia otro lado ahí no es defender la libertad. Es dejársela a quienes saben usarla para destruirla.
La responsabilidad no es la misma para todos, ni mucho menos. Pero a todos nos toca alguna. A quien fabrica las campañas de odio, la mayor. A quien las amplifica, otra. A quien las consume sin cuestionarlas, otra. Y quienes las vemos avanzar y pensamos que no es asunto nuestro tampoco salimos limpios. El odio necesita fabricantes, pero también altavoces, espectadores y silencios.
Y aquí viene lo más incómodo. Nos indignamos cuando el odio apunta hacia los nuestros y le encontramos justificación cuando apunta hacia los adversarios. El meme cruel sobre «los de enfrente» que compartimos con una sonrisa. El chiste que deshumaniza al otro bando y que nadie corta porque «algo habrán hecho». Si solo nos parece mal cuando nos toca, no estamos combatiendo el odio. Estamos esperando nuestro turno para usarlo.
Esto no va de izquierdas ni de derechas. El odio no entiende de colores cuando empieza a extenderse: hoy se usa contra unos, mañana contra otros.
Por eso me quedo con Lola. No soltó un discurso ni citó una estadística. Se fijó: en el cerrojo, en la mirada de reojo, en la chispa que ya no estaba. Y preguntó. A veces basta con eso para que el odio tropiece: que alguien, en la mesa, en el grupo de la familia o en el bar, se atreva a pedir nombre y apellidos donde solo había una etiqueta.
Mañana Paco todavía puede entrar en el bar y pedir la caña mirando a Karim a los ojos. Depende de que alguien, a tiempo, le haya hecho la pregunta.
Ya sabemos que el odio funciona. La cuestión es cuánto tiempo seguirá funcionando si cada uno de nosotros se atreve a preguntar: ¿cómo son quién?

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