Cuando un aspirante al Gobierno te anuncia sacrificios, mira primero quién va a pagarlos.
Una reflexión breve que circula por las calles dice con crudeza lo que los editoriales suelen decir con rodeos: cuando quien aspira a gobernar te pide sacrificio, te está diciendo dos cosas. Que no se lo pedirá a los ricos, y que contigo las cosas irán a peor. Y quien te promete eso a cambio de tu voto, añade, te toma por un asno.
Me quedo con esa rabia, porque tiene razón en lo esencial. Lo que falta es explicar por qué.
Una palabra que desarma
Fijémonos en cómo está construida la frase. «Sacrificio» suena a algo noble, algo que se hace por los demás, y por eso desarma. Pero un sacrificio solo es noble cuando lo elige quien lo hace. Cuando lo anuncia uno y lo paga otro, ya no es sacrificio: es un cobro.
Primera cosa: no se lo pedirá a los ricos
Cuando quien manda habla de sacrificio, casi nunca habla del suyo. Habla del de quien cuida a sus padres sin ayuda, del de quien decide entre llenar la nevera o pagar la luz, del de quien ya lleva el hombro desencajado de tanto arrimarlo. No es lo mismo renunciar a cambiar de coche que renunciar a llenar la nevera. Los dos habrán hecho un esfuerzo, sí, pero llamar «esfuerzo común» a esas dos renuncias es una burla.
Si un país está desequilibrado, arreglarlo exige que renuncie quien se beneficia del desequilibrio, no quien lo sufre. Es lógica elemental. Quien te dice que el sacrificio lo pagarán los que ya no tienen margen no está hablando de arreglar el país. Está hablando de cobrarse, otra vez, lo de siempre.
Segunda cosa: contigo, irá a peor
Un gobernante se elige para mejorar las cosas, no para avisarnos de cómo empeorarán. Si lo primero que ofrece es dolor, con el reparto decidido de antemano, no ofrece un proyecto. Ofrece una factura con nuestro nombre.
Y hay algo más. Quien pide sacrificios antes de explicar nada da por hecho que los aceptaremos. Es una apuesta sobre nuestra docilidad, y si le votamos, la ganará.
La bandera como envoltorio
Lo más tramposo es el envoltorio. Si el sacrificio es patriótico, ¿quién se atreve a rechazarlo? Precisamente por eso hay que preguntar.
La patria no flota por encima de nosotros: es la gente que trabaja, cuida, estudia y paga impuestos. Los grandes patrimonios forman parte de ella, claro, pero formar parte no es cargar con lo mismo. Lo que cambia no es la pertenencia al país, sino la posición económica y la capacidad de influir en las decisiones.
Presentar el sacrificio como una obligación común sin explicar su reparto no es neutral. Evita justo la discusión que importa: quién renuncia a qué y con qué justificación. La patria puede ser común; los intereses de clase no siempre lo son. Reconocerlo no divide a la sociedad: explica por qué una misma decisión puede ser buena para unos y letal para otros.
Ser leal a un país no consiste en obedecer a quien lo gobierna. Consiste en exigirle cuentas.
La libertad de los que pueden pagarla
La palabra «sacrificio» tiene una compañera fija en este discurso: «libertad». ¿Qué libertad tiene una familia para elegir dónde vivir cuando el alquiler se come buena parte de sus ingresos? ¿Qué margen conserva quien depende de la sanidad pública si se deteriora? Poder comprar un servicio y necesitar que sea un derecho garantizado son situaciones muy distintas.
Eso no convierte cualquier defensa de la libertad en una coartada de privilegiados. Obliga a preguntar qué libertades protege cada política y quién queda fuera. Con el patriotismo ocurre igual: no puede usarse el amor al país para cerrar un debate que afecta a millones de personas. Discrepar no te hace peor ciudadano, ni callar te hace mejor patriota.
«Pero algunos ajustes nos benefician a todos»
Es la objeción más seria, y merece respuesta. Algunas medidas fiscales o de gasto pueden mejorar la situación de casi todos a medio plazo, y gobernar es elegir con recursos limitados. Pero «a medio plazo» y «casi todos» son justo las dos expresiones que hay que auditar. ¿Cuánto es medio plazo para quien no llega a fin de mes? ¿Quién queda dentro del «casi» y quién fuera? Si el ajuste es tan bueno para todos, que lo demuestren con cifras y con un reparto de costes que resista la comparación.
Lo que hay que preguntar
Quien anuncie sacrificios tiene que concretarlos: qué problema quiere resolver, qué medidas propone, quién pagará cada euro, qué alternativas descarta y por qué, y cómo comprobaremos que el esfuerzo ha servido. Y una pregunta que no puede faltar: ¿qué van a aportar los que más tienen? Si se pide contención a quienes viven de su salario, habrá que explicar qué se exige a quienes disponen de grandes patrimonios o beneficios elevados. Y si la respuesta es que todos contribuiremos, habrá que verlo en los presupuestos. Las declaraciones solemnes no pagan facturas.
Ni un cheque en blanco
Que nadie nos presente como deber patriótico lo que todavía no ha sabido justificar. Y que ningún partido se quede con el monopolio de las palabras España, libertad o responsabilidad: importa qué se hace en su nombre y quién acaba pagándolo.
Defender un país no es aceptar cualquier sacrificio en su nombre. Es impedir que el esfuerzo de la mayoría se convierta en el privilegio de unos pocos.
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