Hay algo especialmente frustrante en descubrir un problema y comprobar que nadie parece dispuesto a solucionarlo.
Chad Pregracke conocía bien el río Misisipi. Había crecido junto a él, en Illinois, y desde muy joven trabajó como buzo recolector de mejillones. Pasaba muchas horas en el agua y empezó a encontrarse con algo que cada vez le resultaba más difícil ignorar: toneladas de basura acumuladas en el río y en sus orillas.
No era difícil entender que aquello no debería estar allí. Tampoco era difícil entender que él no era quien tenía que solucionarlo.
Pero Chad hizo algo que quizá deberíamos considerar una obligación básica de cualquier ciudadano: cuando encontró un problema que afectaba a todos, decidió ponerlo en conocimiento de quienes tenían la responsabilidad de resolverlo. Tenía apenas 17 años cuando comenzó a llamar a organismos públicos para informar de la basura que estaba encontrando. No pretendía convertirse en el salvador del Misisipi; simplemente estaba haciendo su parte, advertir de un problema y confiar en que quienes debían actuar lo harían. Era, sencillamente, comportarse como un buen ciudadano.
El problema es que los años pasaron y la basura siguió acumulándose.
Cuando nadie viene
Y aquí es donde la historia de Chad empieza a resultar incómoda. Porque cuando vemos un problema que no nos corresponde solucionar, lo habitual no suele ser llamar a la administración para comunicarlo. Muchas veces pasamos de largo, o nos quejamos con alguien, o criticamos al gobierno de turno. Y cuando comprobamos que tampoco esta vez sirve para mucho, terminamos encogiéndonos de hombros y seguimos con nuestra vida. Hay algo comprensible en esa reacción. También hay algo cómodo.
Chad podía haber terminado haciendo exactamente eso. Había avisado, había esperado, había cumplido con su parte como ciudadano; si nadie hacía nada, podía concluir tranquilamente que el problema ya no era suyo.
En lugar de eso, decidió probar otra cosa. En 1997, con 23 años, cogió una pequeña embarcación y empezó a retirar personalmente la basura del Misisipi. No arrancó con una organización, ni con un gran programa medioambiental, ni con un ejército de voluntarios detrás. Arrancó con lo único que tenía: él mismo y una barca.
Durante aquel primer año llegó a retirar más de 45.000 libras de residuos, alrededor de 20.400 kilos, con la pequeña ayuda económica de Alcoa (empresa de aluminio) que le permitió seguir adelante. Y entonces ocurrió algo que suele pasar cuando alguien deja de hablar de un problema y empieza a hacer algo con él: otras personas empezaron a verlo.
El ejemplo también organiza
En 1998, Chad fundó Living Lands & Waters. Lo que había empezado como una iniciativa personal se convirtió progresivamente en un proyecto colectivo dedicado a la limpieza y conservación de los ríos estadounidenses. Con el tiempo llegaron los voluntarios, las campañas, las grandes limpiezas. Según la organización, más de 140.000 voluntarios han participado en sus actividades y se han retirado más de 14 millones de libras de basura de los ríos de Estados Unidos.
Es fácil mirar ahora esas cifras y pensar que ahí está lo extraordinario. Yo no estoy tan seguro: para mí, lo extraordinario sucedió bastante antes, cuando Chad todavía estaba solo. Porque en aquel momento no había ninguna garantía de que su esfuerzo fuera a cambiar gran cosa. El Misisipi es demasiado grande para que una sola persona pueda limpiarlo, la basura seguía llegando y, sobre todo, seguía existiendo el mismo problema que había motivado sus primeras llamadas: aquello requería una respuesta mucho mayor que la que podía dar un ciudadano solo.
Chad no solucionó el problema. Decidió, simplemente, no usar su magnitud como excusa para no hacer nada. Y esa diferencia me parece mucho más interesante que las cifras.
Hacer lo que está en nuestra mano
Esta historia no demuestra que las administraciones sean prescindibles; Chad pensaba precisamente lo contrario cuando empezó a llamar a las autoridades. Hay problemas cuya solución corresponde a las instituciones, y es legítimo exigir que cumplan con su responsabilidad.
Pero ahí se esconde una tentación fácil: convertir la responsabilidad de los demás en coartada para nuestra propia inacción. Si el Ayuntamiento no limpia una calle, podemos y debemos exigir que la limpie. Si una administración no protege un río, podemos y debemos reclamar que lo haga. Pero mientras esperamos, siempre queda una pequeña parte de la realidad sobre la que sí tenemos capacidad de actuar. Eso fue lo que hizo Chad: no decidió que podía salvar el Misisipi, decidió que podía sacar la basura que tenía delante.
Parece poca cosa, hasta que alguien más lo ve y decide ayudar. Y después otro. Y después muchos.
Quizá por eso esta historia resulta más cercana que otras de nuestra serie. Chad no necesitó descubrir una tecnología revolucionaria ni enfrentarse a una montaña con un martillo, tampoco necesitó ocupar una posición de poder. Vio algo que estaba mal, hizo lo que correspondía para intentar solucionarlo y, cuando comprobó que no bastaba, se puso a hacer aquello que sí estaba a su alcance.
No siempre podremos arreglar el problema. Muchas veces ni siquiera podremos acercarnos a solucionarlo. Pero eso no significa que no podamos hacer nada.
Chad Pregracke no limpió el Misisipi porque creyera que una persona podía hacerlo sola. Empezó a limpiarlo porque una persona podía, al menos, empezar. Y quizá esa sea la parte de su historia que más merece contarse: no la de un hombre que consiguió algo enorme, sino la de un hombre corriente que, ante un problema que lo superaba, decidió hacerse cargo de la pequeña parte que sí podía cambiar.
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