LOS JUDÍOS QUE VOTARON AL NAZISMO


Hay una historia de hace casi un siglo que explica el presente mejor que muchos debates de plató. Es la de un hombre llamado Max Naumann.
Naumann era judío, alemán y profundamente nacionalista. Había combatido por Alemania en la Primera Guerra Mundial y estaba convencido de que ambas identidades podían convivir sin problema. En los años treinta llegó incluso a defender posturas favorables a Hitler, porque compartía con el nazismo el nacionalismo, el anticomunismo y esas ganas de «poner orden».
Su error no fue sentirse alemán. Su error fue creer que con eso bastaba para que los demás lo vieran igual. Cuando los nazis hablaban de los judíos, Naumann pensaba que no hablaban de él.
Pero sí hablaban de él.
¿Quién decide quiénes somos «nosotros»?
Aquí está lo turbio de cualquier proyecto político montado sobre la exclusión: no necesita dejar fuera a todo el mundo desde el primer día. Al contrario, necesita un «nosotros» lo bastante amplio como para que mucha gente se reconozca en él. Nacionales frente a extranjeros, de aquí frente a de fuera — suena sencillo. Pero esa frontera no la traza la naturaleza, la traza alguien. Y quien la traza decide también dónde va la raya.
Eso es justo lo que Naumann no controlaba. Podía sentirse alemán, podía haber servido en el ejército, podía rechazar el sionismo con toda su convicción. Lo que no podía decidir era qué significaba «ser alemán» para quienes tenían el poder de definirlo. Cuando el Estado nazi convirtió el origen judío en un asunto legal, todo lo demás — el patriotismo, la integración, los años en las trincheras — dejó de contar. La pertenencia no la decidía él.

No vivimos en la Alemania de los treinta, y sería absurdo trazar equivalencias históricas con las democracias actuales. Pero hay una pregunta que no necesita que la historia se repita para seguir siendo útil: ¿qué ocurre cuando apoyas un proyecto porque te sientes parte de su «nosotros», sin detenerte a mirar quién queda fuera? No es cuestión exclusiva de la derecha — ningún espacio político está vacunado contra esto. Pero pesa más cuando el proyecto convierte el origen o la identidad en la vara con la que se mide quién pertenece del todo y quién a medias.

No es un caso aislado
Y esto no se queda en un episodio del pasado. Bertrand Ndongo, inmigrante camerunés que milita en Vox, defiende una política migratoria dura sin encontrarle contradicción — y no la hay: reducirlo a su origen para explicar lo que piensa sería negarle justo lo que hay que reconocerle, que piensa por sí mismo. Lo interesante es otra cosa: mientras encaje como «el inmigrante que demuestra que esto no va de racismo», será la excepción bienvenida. Lo que ocurra el día que deje de encajar es otra pregunta.
Algo parecido pasa con los venezolanos que huyeron del chavismo y han encontrado un espacio afín en la derecha madrileña. Aquí entra también el dinero: no se percibe igual al que llega con estudios y recursos que al que llega sin nada. Y cuando eso se mezcla con el color de piel, racismo y clasismo se vuelven difíciles de separar. Si la consigna es «los nuestros primero», conviene preguntar quiénes son exactamente «los nuestros» — y qué pasa cuando alguien deja de encajar en esa definición.

La derecha no es la ultraderecha — pero tampoco está a salvo de esto
Que quede claro: compartir ideas económicas o de orden con alguien no significa compartir su proyecto entero, y hay distancia entre defender fronteras dentro del marco de los derechos fundamentales y construir una jerarquía de personas según su origen. Meter todo en el mismo saco no ayuda a entender nada.
Pero esa distinción tampoco puede usarse como coartada. La derecha democrática también alberga voces que normalizan esa misma idea de pertenencia condicionada — Isabel Díaz Ayuso es un buen ejemplo. La diferencia entre derecha y ultraderecha existe y merece respetarse, pero eso no impide que dentro de la primera crezca la lógica de la segunda.
Y aquí está lo importante: quienes apoyan proyectos excluyentes no son tontos ni están manipulados. Tienen razones que se entienden, experiencias reales detrás, una convicción sincera de estar defendiendo lo suyo. Por eso decirles «estáis equivocados» no sirve de nada. Hay que preguntarles qué proyecto están apoyando en su conjunto — porque se puede compartir una parte de un programa y, sin darse cuenta, asumir también la lógica que sostiene el resto, esa parte con la que jamás nos identificaríamos.

Ese fue el error de Naumann: no necesitaba compartir todo el nazismo para contribuir a fortalecerlo. Le bastaba con creer que lo suyo era lo importante, y que lo que amenazaba su propia existencia no iba con él. Hasta que descubrió que sí iba. Creyó que él decidía quién era — y no era así. La frontera entre «ellos» y «nosotros» la trazaba quien tenía el poder de trazarla.
No hace falta vivir bajo una dictadura para entender el aviso, ni compartir las ideas de quien lo lanza para escucharlo. Elegir en política exige saber qué se está eligiendo, también cuando una parte del proyecto nos resulta cómoda y cercana.

¿Cuántas veces, hoy, apoyamos un proyecto político sin preguntarnos qué definición de «nosotros» lleva dentro?

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