LA POLÍTICA EN SU ESENCIA


Hay una pregunta que la política nunca contesta en voz alta, aunque la responda todos los días con hechos: ¿para qué se usa el poder cuando por fin se consigue?

Antes de esa pregunta hay otra, más incómoda todavía, que casi nadie se hace: ¿por qué hace falta el poder, para empezar? Y la respuesta no es agradable. Hace falta porque hay intereses que no se pueden reconciliar. No es que falte diálogo, ni que sobre crispación, ni que unos y otros no se entiendan bien. Es que hay cosas que, si las gana uno, las pierde el otro. Quién paga impuestos y cuánto. Quién tiene acceso a una vivienda y en qué condiciones. Qué salarios se consideran dignos y cuáles una excusa. Ninguna sociedad resuelve esas preguntas dejando contentos a todos al mismo tiempo. El resto —los debates, los programas, los pactos de investidura— es el decorado que se monta para que ese choque de fondo resulte tolerable, para que no acabe a tiros ni en la calle todos los días.

Y ahí entra el poder: como el instrumento que decide, mientras dura, de qué lado cae la balanza. Poder para fijar la agenda. Poder para decidir qué problema se atiende hoy y cuál espera otro mandato. Poder, sobre todo, para decidir quién tiene derecho a hablar y quién tiene que conformarse con escuchar.

Hasta aquí, nada que un manual de ciencia política no explique con más elegancia. Lo interesante empieza después, en el momento exacto —y es un momento, no un proceso largo, aunque a veces tarde años en notarse— en que quien tiene el poder deja de pensarlo como una herramienta prestada y empieza a sentirlo como algo suyo. Ahí es donde la política deja de resolver el conflicto original y empieza a fabricar uno nuevo, más pequeño, más mezquino, pero igual de real: el conflicto entre la organización y la gente que dice representar.

Se nota en detalles que por separado parecen inofensivos. El representante que antes preguntaba «¿qué necesita la calle?» y ahora pregunta, sin decirlo en voz alta, «¿qué necesito yo para seguir aquí cuatro años más?». La organización que dejó de medir su éxito en derechos conquistados y empezó a medirlo en sillas repartidas. El militante que entró para cambiar algo y terminó convertido en logística: alguien que reparte panfletos, no alguien a quien se le pregunta qué piensa.

Nada de esto se anuncia con un comunicado. Al contrario: las siglas siguen ahí, las banderas siguen ahí, el discurso de la militancia y la base y el pueblo sigue sonando exactamente igual que el primer día. Ahí está lo más difícil de señalar: la política puede vaciarse por completo sin dejar de funcionar por fuera. Un partido puede convertirse en una gestoría de cargos y seguir celebrando sus congresos, aprobando sus resoluciones, sacando su militante del mes.

La próxima vez que una organización política te pida lealtad, preguntate esto:
¿Te está pidiendo que defiendas una idea, o que sostengas a alguien en una silla?

Porque ahí está el peligro, y es un peligro que no depende de qué ideología lleve puesta la organización de turno: la izquierda no está vacunada contra esto solo por decir que representa a los de abajo, igual que la derecha no es automáticamente corrupta solo por decir que representa a los de arriba. El interés irreconciliable no siempre es el que se libra contra el adversario de enfrente. A veces —muchas veces— es el que se libra puertas adentro, entre quien manda en la organización y quien puso el cuerpo para que esa organización existiera. Y ahí el adversario deja de tener cara ajena: es la militante que no se conforma con una explicación insuficiente, el compañero que recuerda una promesa que nadie cumplió, el afiliado que pregunta para qué sirve seguir si ya no le escuchan. Frente a esas preguntas, un poder que ha empezado a sentirse propiedad no responde: se defiende.

Lo que separa a una política que transforma de una política que solo administra su propia supervivencia no es el nombre en la papeleta. Es una vigilancia mucho más incómoda y mucho menos épica: la de preguntarse, todos los días y no solo en campaña, si el poder que se tiene sigue sirviendo al conflicto que le dio sentido, o si ya empezó a servirse a sí mismo.

Esa vigilancia no la hace un comité de ética. La hace, si se hace, la propia militancia. Y la hace el día que se atreve a pedir cuentas de lo que prestó

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