MUJERES DE LA HISTORIA LAS SINSOMBRERO


Hay historias que no desaparecen porque nadie las contara. Desaparecen porque, durante mucho tiempo, alguien decidió que no merecía la pena contarlas.

Esta es una de ellas.

Las Sinsombrero fueron un grupo de mujeres vinculadas a la extraordinaria renovación cultural que vivió España durante las décadas de 1920 y 1930. Escritoras, pintoras, poetas, filósofas, actrices, editoras, pensadoras. Mujeres que participaron de la misma efervescencia cultural que hoy asociamos a la Generación del 27 y que, sin embargo, durante mucho tiempo quedaron en un segundo plano cuando reconstruimos aquella historia.

El gesto

El nombre nació de un gesto.

Fue hacia 1920. Maruja Mallo caminaba con Margarita Manso, Federico García Lorca y Salvador Dalí por la Puerta del Sol de Madrid cuando decidieron quitarse el sombrero. Decían, según contaría después la propia Mallo, que llevarlo era como congestionar las ideas.

La respuesta de la calle no fue la indiferencia. Fue la piedra.

Les apedrearon. Les llamaron «maricones», como si prescindir del sombrero fuera ya una manifestación de un supuesto tercer sexo, algo indecente que había que castigar en la calle. Hoy nos puede parecer una anécdota simpática. Entonces fue una humillación pública deliberada, y el insulto que eligieron para pronunciarla no fue casual: apuntaba directamente a lo que más incomodaba de aquel gesto, que unos y otras se permitieran lo mismo.

Porque el sombrero no era solamente una prenda. Formaba parte de las normas sociales, de aquello que se esperaba de una mujer, de cómo debía presentarse y comportarse en público. Quitárselo era negarse a aceptar que todas las reglas fueran obligatorias. Y la calle respondió como responde siempre ante ese tipo de negativas: con violencia simbólica primero, con piedras después.

Aquel gesto terminó dándoles nombre.

Las mujeres

Pero sería un error quedarnos con la anécdota.

Estaban Maruja Mallo, María Zambrano, Concha Méndez, Rosa Chacel, María Teresa León, Josefina de la Torre, Ernestina de Champourcín, Margarita Manso, Ángeles Santos y tantas otras mujeres que hicieron de la cultura una forma de vida y, en muchos casos, también una forma de libertad.

No todas hicieron lo mismo. No pensaban necesariamente igual. No tuvieron las mismas trayectorias ni las mismas circunstancias. Algunas encontraron reconocimiento; otras apenas lo tuvieron. Algunas permanecieron en España; otras tuvieron que marcharse al exilio. Algunas murieron relativamente jóvenes; otras continuaron creando durante décadas.

Pero hay algo que las une: estuvieron allí. No fueron acompañantes de una generación de hombres extraordinarios. Fueron creadoras de su tiempo, por igual.

Y aquí conviene no cometer otro error: convertirlas retrospectivamente en heroínas perfectas, ni presentarlas como un bloque homogéneo de mujeres revolucionarias. Muchas pertenecían a los círculos culturales más privilegiados de su época, la misma élite intelectual a la que pertenecían buena parte de los hombres a los que hoy reconocemos como protagonistas de aquella generación.

La cuestión, entonces, no es que ellas formaran parte de una élite cultural. La cuestión es otra: ¿por qué unas personas entraron en la historia y otras quedaron prácticamente fuera de ella, compartiendo el mismo punto de partida?

El olvido

La respuesta no cabe en una sola causa.

La Guerra Civil rompió aquella generación. La dictadura destruyó buena parte del espacio cultural y político que habían contribuido a construir. Muchas tuvieron que exiliarse. Otras siguieron trabajando en un país donde sus posibilidades habían cambiado radicalmente. Algunas dejaron de publicar. Otras continuaron creando, pero quedaron fuera de los grandes relatos culturales.

Y con los años ocurrió algo todavía más silencioso: el olvido. No uno decidido por una sola persona ni impuesto desde un único lugar, sino un proceso lento en el que la historia, la cultura y el canon fueron seleccionando nombres hasta convertir a unos en protagonistas y a otros en notas al pie.

Las Sinsombrero nos obligan a mirar ese proceso. Recuperar sus nombres no consiste en añadir unas cuantas mujeres a una fotografía en la que faltaban. Consiste en reconocer que la fotografía siempre estuvo incompleta.

Maruja Mallo no necesita que la coloquemos al lado de los hombres de su generación para darle valor. María Zambrano tampoco. Ni Concha Méndez, ni Rosa Chacel, ni María Teresa León, ni Josefina de la Torre, ni ninguna de aquellas mujeres necesita ser convertida en «la mujer que acompañó a…» para que su historia tenga sentido.

Tenían nombre, obra, pensamiento, vida propia. Y algunas pagaron un precio enorme por ejercerla.

El legado

Por eso el verdadero significado de Las Sinsombrero no está en aquella tarde de Madrid ni en la prenda que les dio nombre. Está en el gesto: en la decisión de apartarse, aunque fuera durante unos minutos, de aquello que se suponía que debían hacer.

Y en todo lo que hicieron después, cuando ya no llevaban el sombrero que la calle esperaba de ellas: crear, escribir, pintar, pensar, publicar, actuar, militar, educar, exiliarse, resistir, vivir.

Durante décadas, muchas de aquellas vidas quedaron fuera del relato principal. Hoy conocemos sus nombres bastante mejor.

Cuántas otras historias seguimos contando mal, cuántas otras fotografías siguen incompletas sin que hayamos aprendido todavía a mirar quién falta en ellas, es la pregunta que de verdad debería incomodarnos.

Ellas se quitaron el sombrero. Y pagaron por ello con piedras e insultos.

Eso, al menos, sí deberíamos recordarlo. No como una extravagancia. Como un gesto de libertad.

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