«¿Para qué quiero diez Ferraris, veinte relojes de diamantes o dos aviones? ¿Qué harán esas cosas por mí y por el mundo?»
Sadio Mané dijo esto en una entrevista con TeleDakar en 2019, cuando ya era una de las grandes estrellas del fútbol mundial y podía comprarse cualquiera de esas cosas sin pestañear. La frase se hizo viral por eso: no la decía alguien que soñaba con la riqueza, sino alguien que ya la tenía.
Pero la frase no es lo interesante. Lo interesante es lo que hizo con el dinero.
Mané nació en Bambali, un pueblo del sur de Senegal de apenas 2.000 habitantes. A los siete años, jugando al fútbol en la calle, le llegó la noticia de que su padre acababa de morir. Llevaba semanas enfermo y en Bambali no había hospital: lo trataron con medicina tradicional y buscaron ayuda de pueblo en pueblo, sin encontrar nunca a nadie capaz de salvarlo. Años más tarde, su propia hermana daría a luz en casa, por la misma razón: en Bambali seguía sin haber un solo médico.
Cuando el fútbol convirtió a aquel niño en un hombre rico, tenía delante la opción más normal del mundo: irse, acumular, disfrutar. Nadie se lo habría reprochado.
Eligió otra cosa. Construir el hospital que a su padre le faltó.
En 2019 financió una escuela secundaria en Bambali. En 2021 inauguró un centro de salud pagado enteramente de su bolsillo. No lo dejó como capricho privado con su nombre en la fachada: lo cedió al Estado senegalés, con maternidad, consultas y odontología incluidas, para que atendiera no solo a Bambali, sino a las 34 aldeas de la zona, donde antes no existía un solo centro de salud. Después llegaron una oficina de correos, una gasolinera, ordenadores y conexión a internet para la escuela, y una ayuda mensual para cada familia de Bambali. Todo eso, en un pueblo de apenas 2.000 habitantes.
No es una fundación con gala benéfica y nombre en un edificio de cristal. Es infraestructura pública que sigue en pie cuando el futbolista ya no esté, gestionada por el Estado, no por su marca personal.
Y ahí está la diferencia: un Ferrari solo sirve a quien lo conduce. Un hospital sirve a quien enferma, sea quien sea. Por eso la pregunta de Mané pesa más de lo que parece a primera vista: ¿qué utilidad tiene el décimo Ferrari cuando con ese dinero se construye lo que a tu padre le faltó para seguir vivo?
No hace falta convertirlo en un santo ni fingir que resolvió la pobreza de África. No la resolvió. Tampoco sustituye a un Estado que debería garantizar sanidad y educación por sí mismo. Pero hizo algo muy concreto con lo que otros solo hacen genérico: vio la herida exacta que le había marcado la infancia y usó su fortuna para que nadie más en su pueblo tuviera que abrirla.
Y aquí es donde la historia deja de ser solo suya.
Porque hay deportistas —y también cantantes, actores, empresarios— que hacen justo lo contrario: mueven ese dinero a donde Hacienda no llega, con sociedades en paraísos fiscales y domicilios convenientemente trasladados en cuanto la factura aprieta. Es un patrón documentado, con condenas firmes de por medio, y muchos de esos mismos nombres tienen también su fundación y su donación anual con foto incluida. Eso no los redime: si defraudas a tu Estado y donas una fracción, no eres generoso, solo repartes parte de lo que le robaste primero a tu país.
Mané, hasta donde se sabe, no aparece en ninguna de esas filtraciones. No reparte con una mano lo que esconde con la otra.
Y ahí está la pregunta que de verdad incomoda: ¿de qué sirve llevar la bandera tatuada en la pulsera si, en cuanto nadie mira, el dinero se va a otro país? ¿Qué patria es más real: la del himno y la pulsera, o la que se sostiene pagando lo que se le debe y construyendo, además, con lo que le sobra?
Bambali no sale en ningún himno. Pero desde 2021 tiene un hospital que antes no existía, y con él, una familia menos que tendrá que ver morir a alguien por falta de un médico a mano.
Mané ganó títulos, dinero y una carrera irrepetible. Pero es probable que lo más duradero que hizo con todo eso no tenga ninguna copa grabada con su nombre. Tiene paredes, camas y una puerta abierta en el pueblo donde su padre murió porque no había un hospital.
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