Hay quienes están dispuestos a perdonárselo casi todo a Donald Trump si al final la economía funciona.
Los aranceles, las guerras comerciales, los enfrentamientos con sus aliados, los cambios constantes de rumbo o la forma en que entiende el poder pueden quedar en segundo plano si la economía crece, las empresas ganan dinero y los ciudadanos viven mejor.
Porque, al fin y al cabo, ya se sabe: el dinero lo arregla todo.
El problema es que esa es precisamente la parte de la historia que empieza a complicarse.
Mientras Donald Trump promete hacer América grande otra vez, Estados Unidos acaba de superar los 40 billones de dólares de deuda pública. Y el Gobierno ha tenido que intervenir para intentar contener el aumento del coste de esa deuda, comprando sus propios bonos ante la presión de los mercados. La operación consiguió un alivio inicial, pero duró poco: los intereses volvieron a subir casi inmediatamente.
Traduzcamos esto al lenguaje de la calle: cuando una familia debe mucho y sigue pidiendo préstamos, llega un momento en que quien le presta le exige más intereses. No por nada personal, sino porque prestarle se ha vuelto más arriesgado.
A Estados Unidos le está pasando lo mismo. Solo que hablamos de un país, de decenas de billones de dólares y de una deuda que no para de crecer.
EE.UU. primero
«America First»
Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo que Estados Unidos dejaría de pagar los platos rotos de los demás.
America First.
Primero Estados Unidos. Primero sus trabajadores. Primero sus empresas. Primero su industria.
Los aranceles debían obligar a otros países a pagar por acceder al enorme mercado estadounidense y, de paso, devolver fábricas y empleos a casa.
La idea es sencilla y políticamente poderosa.
Pero la economía tiene una costumbre desagradable: no suele obedecer a los eslóganes. Cuando importar algo cuesta más, alguien paga la diferencia — y aquí no hace falta especular: hay números. Entre febrero de 2025 y enero de 2026, cada familia estadounidense pagó de media unos 1.745 dólares extra por culpa de los aranceles. Y ese golpe no lo reparte igual el bolsillo de todos: las familias con menos ingresos notan la subida varias veces más que las más ricas, porque gastan buena parte de lo que ganan en comida y ropa — justo lo que más ha subido de precio.
Y aquí aparece la segunda fotografía.
La del pais llega a fin de mes.
Tres empresas que conocen muy bien al consumidor estadounidense —Kraft Heinz, McDonald’s y Whirlpool— están describiendo un problema que debería preocupar bastante más que cualquier gráfico de Wall Street.
Los consumidores con menos ingresos están empezando a quedarse sin margen.
El CEO de Kraft Heinz, Steve Cahillane, lo dijo sin rodeos: los consumidores «se están quedando literalmente sin dinero a fin de mes». McDonald’s ve caer las visitas de quienes buscaban precios asequibles. Y el de Whirlpool, Marc Bitzer, ha comparado la caída de la demanda —un 7,4% en el primer trimestre, un 10% solo en marzo— con la de la crisis financiera de 2008.
No son indicadores sofisticados. Son personas que compran menos: familias que retrasan la lavadora nueva, gente que deja de comer fuera, hogares que tiran de ahorros porque el sueldo ya no llega a fin de mes.
Y eso nos lleva directamente a Trump.
Porque una de sus grandes promesas era precisamente devolver el poder adquisitivo y la prosperidad a los estadounidenses que, según él, habían sido abandonados por las élites políticas y económicas.
Hacer america grande
«Make America Great Again»
Aquí aparece la contradicción.
El Gobierno de Trump está intentando sostener una economía poderosa mientras el Estado acumula una deuda gigantesca y necesita pagar cada vez más por financiarla.
El problema no viene únicamente de Trump: la deuda lleva décadas creciendo y ahí han metido mano republicanos y demócratas por igual. Pero tampoco sería honesto quitarle a él su parte.
Su gran ley fiscal va a dejar casi 4,7 billones de dólares más de deuda en la próxima década, según los cálculos oficiales. La idea era que los aranceles taparan parte de ese agujero. Pero el Tribunal Supremo tumbó buena parte de esos aranceles a principios de año por ilegales — así que ni ese plan B está garantizado, y el propio Gobierno ha tenido que revisar el déficit al alza por eso.
Trump llegó prometiendo un Estado más fuerte y gobierna pidiendo cada vez más dinero prestado, sin tener asegurada ni la vía con la que pensaba pagarlo.
Y cuando la deuda crece, también crece la factura de los intereses.
Ese dinero no construye hospitales, ni mejora carreteras, ni sube salarios.
Sirve para pagar una deuda anterior.
Mientras tanto, las familias con menos recursos tienen cada vez menos margen para consumir.
El problema de confundir fuerza con grandeza
Trump ha construido buena parte de su liderazgo sobre una idea muy sencilla: Estados Unidos ha sido demasiado débil y él será quien vuelva a hacerlo fuerte.
Pero la fuerza de un país no se mide únicamente por el tamaño de su Ejército, por la cotización de sus empresas o por la capacidad de su presidente para imponer condiciones a los demás.
También se mide por algo bastante menos espectacular:
¿Puede una familia vivir de su trabajo? ¿Puede pagar su vivienda? ¿Puede llenar la nevera sin tirar de la tarjeta? ¿Puede sustituir un electrodoméstico cuando se rompe? ¿Puede ahorrar algo a fin de mes?
Porque una economía puede parecer poderosa desde Wall Street y, al mismo tiempo, estar perdiendo fuelle en millones de hogares. Y esa es justo la fotografía que empiezan a ofrecer las empresas que tratan cada día con esos consumidores.
La factura
Trump prometió America First.
Prometió Make America Great Again.
Prometió recuperar la industria, proteger al trabajador estadounidense y devolver a Estados Unidos la grandeza que, según él, había perdido.
Pero gobernar no consiste en pronunciar un eslogan.
Gobernar consiste en pagar las facturas.
Y Estados Unidos tiene hoy una factura gigantesca: más de 40 billones de dólares de deuda, un déficit que no para de crecer y unos mercados que ya no se creen del todo la solución. La propia Administración ha salido a comprar su propia deuda para frenar la sangría, y ni así ha calmado a los inversores.
Al mismo tiempo, una parte de los estadounidenses empieza a quedarse sin dinero antes de llegar a final de mes — y de esa factura sí conocemos quién la paga primero.
Quizá sea demasiado pronto para hablar de fracaso económico.
Pero ya no es demasiado pronto para hacer una pregunta.
Si para hacer grande a América hay que endeudar más al Estado y dejar con menos margen a una parte de sus ciudadanos, ¿qué es exactamente lo que estamos haciendo grande?
De momento, el rechazo se concentra en la figura de Trump. Pero desde fuera, quienes no somos americanos empezamos a ver algo más: con cada mes que pasa, lo que de verdad crece —más rápido que la deuda, más rápido que los aranceles— es el rechazo a Estados Unidos.
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