EL PAN QUE NO LIBERA (y2)

La pregunta mal planteada

Hay una pregunta que quizá deberíamos formular de otra manera.

No es solamente qué hacemos cuando una persona intenta entrar irregularmente en nuestro país. Tampoco si un Estado tiene derecho a controlar sus fronteras. Naturalmente que lo tiene. Una frontera existe precisamente para establecer quién puede entrar, en qué condiciones y bajo qué leyes.

La cuestión es otra: ¿qué hacemos para que cada vez sean menos las personas que se vean obligadas a intentar cruzarla?

Porque podemos proteger una frontera y, al mismo tiempo, intentar que nadie tenga que jugarse la vida para atravesarla. Lo que resulta difícil de sostener es que la primera medida pueda sustituir a la segunda.

Un continente rico, condenado a exportar

Y ahí aparece África.

No hablamos de un continente sin recursos ni posibilidades. Hablamos de un continente extraordinariamente rico en materias primas, energía, tierras y población, pero cuya participación en la economía mundial continúa estando muy condicionada por la exportación de productos primarios y por una industrialización insuficiente. Buena parte de las infraestructuras heredadas del periodo colonial fueron concebidas precisamente para sacar materias primas desde las zonas de extracción hasta los puertos, no para articular mercados internos y cadenas industriales propias.

Por eso decir que África necesita desarrollo es quedarse en la superficie.

La estabilidad que no es un lujo

La pregunta interesante es qué condiciones permiten desarrollar un país.

Y una de ellas, que solemos olvidar cuando hablamos de cooperación, es la estabilidad.

No se construye una economía industrial a largo plazo sobre un país en guerra, ni sobre instituciones permanentemente debilitadas, ni sobre gobiernos que cambian por la fuerza, ni sobre territorios donde controlar una mina puede ser más rentable que construir una fábrica.

La estabilidad política, el Estado de derecho, unas instituciones capaces de funcionar y unas condiciones mínimas de seguridad no son lujos occidentales. Son parte de la infraestructura necesaria para desarrollar una economía. El propio Banco Mundial señala la relación entre desarrollo, gobernanza, gestión de recursos, creación de empleo y estabilidad en distintas regiones africanas.

Tres colonialismos, un mismo patrón

Aquí empieza la parte de la historia que resulta menos cómoda.

Porque la inestabilidad africana no puede explicarse únicamente por los errores de los propios africanos.

Ha habido corrupción, autoritarismo, guerras civiles, golpes de Estado y luchas internas por el poder. Sería absurdo negarlo. Pero también ha habido colonialismo, intereses económicos extranjeros, intervenciones y operaciones geopolíticas que han condicionado la trayectoria de países enteros.

No hace falta recurrir a teorías de la conspiración para demostrarlo.

El caso del Congo es paradigmático, y no solo por lo reciente. Entre 1885 y 1908, el rey belga Leopoldo II gobernó el territorio como propiedad personal bajo el nombre de Estado Libre del Congo: un régimen de trabajo forzado para la extracción de caucho que causó la muerte de varios millones de congoleños. Medio siglo después, la historia no había cambiado de guion, solo de actor. La documentación desclasificada del propio Departamento de Estado estadounidense reconoce que Washington puso en marcha un programa político encubierto para apartar a Patrice Lumumba del poder, apoyó a dirigentes favorables a sus intereses y contempló incluso planes para eliminarlo. Tras el golpe de Mobutu, Estados Unidos continuó financiando y respaldando al nuevo régimen.

No es historia inventada. Está documentada.

Y no hace falta irse tan lejos para encontrar el mismo patrón. España colonizó Guinea Ecuatorial hasta 1968 con una economía construida sobre el mismo esquema: cacao, café y madera extraídos mediante un sistema de reclutamiento forzoso de mano de obra, hasta representar el 94% de las exportaciones del territorio en vísperas de la independencia. La descolonización, mal gestionada, desembocó en la dictadura de Macías Nguema. Y el Sáhara Occidental, la última colonia española en África, sigue sin resolver su proceso de descolonización medio siglo después de que España lo abandonara: continúa hoy en la lista de la ONU de territorios pendientes de descolonización. No es un ejercicio de autoflagelación. Es, simplemente, que el patrón que señalamos en otros no nos es ajeno.

Esto no significa que cada conflicto africano tenga un responsable extranjero, ni que los gobiernos africanos carezcan de responsabilidad propia. Significa que, para entender por qué algunos países no han consolidado su desarrollo, también hay que mirar fuera de sus fronteras.

Lo que la guerra deja después

Romper la estabilidad de un país también tiene consecuencias económicas.

Y esas consecuencias no desaparecen cuando termina la guerra.

Una generación pierde educación, el capital huye, las instituciones se debilitan, y los recursos naturales, en lugar de financiar el desarrollo, se convierten en motivo de conflicto.

Después llega la ayuda.

Y la ayuda es necesaria cuando hay hambre, una guerra, una catástrofe o una emergencia. Sería inhumano discutirlo.

Pero una cosa es evitar que una persona muera hoy y otra muy distinta es crear las condiciones para que mañana pueda vivir de su propio trabajo.

Semillas, no pan

África necesita carreteras, energía, tecnología y financiación, pero sobre todo industria propia capaz de transformar sus materias primas, participar en las fases de mayor valor añadido y desarrollar mercados regionales.

Eso es mucho más complejo, y mucho más incómodo, que enviar alimentos.

Porque significa aceptar que el desarrollo africano no consiste en convertir a África en un receptor más eficiente de nuestra ayuda, sino en permitir que deje de ocupar ese papel. Significa que parte de la riqueza que hoy se genera alrededor de sus recursos debe quedarse allí, y que algunas empresas tendrán que competir con industrias africanas que antes no existían. Significa, en definitiva, aceptar que ayudar a desarrollar un país también puede significar dejar de beneficiarnos de su dependencia.

La valla que no hace falta

Y mientras no resolvemos nada de esto, hacemos otra cosa. Cuando una persona decide marcharse, la convertimos en un problema fronterizo: vallas, controles, externalización. Pero ninguna legislación convierte a un ser humano en alguien sin derechos, y el problema no termina cuando consigue entrar. Ahí empieza otra historia, la de quien vive sin papeles, y es una historia que merece su propio espacio.

Porque quizá la política migratoria más eficaz no sea aquella que consigue levantar la valla más alta.

Quizá sea aquella que consiga que, algún día, nadie necesite llegar hasta ella para poder imaginar un futuro.

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