POLÍTICA DE HARTURA

¿Qué significa que un presidente del Gobierno esté de vacaciones?

Puede reducir agenda, cambiar de paisaje, dormir más. Lo que no puede es dejar de ser presidente: si esa noche hay una crisis de Estado, tiene que reaccionar igual que un martes cualquiera. Y reaccionar no es gratis ni improvisable — exige comunicación segura, transporte de emergencia, protección, esté donde esté. Esos medios van con él, se aloje donde se aloje. La pregunta que importa no es si los necesita. Es dónde sale más barato tenerlos montados: en La Mareta, o en un hotel cualquiera.

¿Sale más barato lo privado?

Ahí Estados Unidos ofrece un experimento involuntario perfecto. Camp David es una instalación militar permanente, con personal fijo todo el año, ya blindada y a un vuelo de helicóptero de la Casa Blanca — el equivalente exacto a La Mareta. Trump, en cambio, prefiere su residencia privada, Mar-a-Lago: cada visita cuesta un estimado de diez millones de dólares, entre Servicio Secreto, policía y Guardia Costera. Un fin de semana de Obama en Florida, por comparar, costó 3,6 millones. Usar lo ya construido y pagado por el Estado sale más barato que montar el dispositivo entero en un sitio privado cada vez. Y hay un matiz todavía más sucio: Trump ha llegado a facturarle habitaciones a su propio Servicio Secreto en su resort — el presidente que prefiere lo privado acaba cobrándole al Estado por protegerlo en su propio negocio. Eso sí es apropiación de fondos públicos. Usar una residencia de la que no sacas ni un euro de rédito personal, no lo es.

Lo que usas no es tuyo

La Mareta no nació con Pedro Sánchez ni desaparecerá con él. Es un complejo de treinta mil metros cuadrados que pertenece al patrimonio del Estado, y por ella han pasado presidentes de distinto color antes que él. La ocupa mientras ocupa la Presidencia, y ni un día más.

Con La Moncloa pasa lo mismo, y por eso conviene detenerse en un insulto recurrente: eso de llamar a Sánchez «el okupa de La Moncloa». Si ser okupa significa vivir en una propiedad que no es tuya, todos los presidentes de la democracia han sido okupas de La Moncloa, sin excepción. Y sin embargo a nadie se le ocurre llamar así a quien ya no gobierna. La palabra solo aparece cuando el ocupante no nos gusta.

Un patrón que no distingue de partido

Con el Falcon la historia es igual de clara. Rajoy lo cogió para ir a la Eurocopa el día después de que España pidiera el rescate financiero a Bruselas. Zapatero se desvió con él a un concierto en Londres. Sánchez ha hecho lo mismo para llegar a uno de The Killers. Ninguno ha renunciado jamás a él por ahorro.

El gesto se repite idéntico de un color a otro. Lo único que cambia es quién se indigna, y cuándo.

Dónde está la polémica, exactamente

Cuando gobernó Aznar, ¿era un escándalo que viviera en La Moncloa, que usara el Falcon, que veraneara en un palacete de todos? No. Era lo normal, lo que corresponde al cargo. La polémica no nace del privilegio: nace de quién lo disfruta.

Y no es solo cuestión de lujo, también de forma. Cuando Evo Morales visitó España en 2006 con un jersey de alpaca boliviano en vez de traje y corbata, buena parte de la prensa lo trató como una falta de respeto, con comentarios que hoy sonrojarían a cualquiera. El mismo país que exige boato a un presidente que no encaja en su molde, exige después austeridad a un presidente propio que no le gusta. No hay un criterio real, solo lo que convenga según quién esté enfrente.

Y si de verdad quisieran acabar con el privilegio, ya han tenido ocasión: no cuando gobierna el rival, que sale gratis, sino cuando gobiernan ellos. No lo hicieron. Tenemos un antecedente con otro tipo de privilegios de la clase política, los de quienes dejan el cargo: quien tuvo la mayoría para recortarlos prefirió no tocar nada.

Que quede claro: esto no es una defensa de Sánchez

Aquí no estamos defendiendo a Pedro Sánchez ni al PSOE. Defendemos que haga lo mismo que hicieron Aznar, Zapatero y Rajoy antes que él, ni un privilegio más ni uno menos. Pero eso no nos exime de señalar la hipocresía de fondo, y esa no tiene bandera: mantener un palacete cuesta dinero público los trescientos y pico días al año en que nadie lo pisa, mientras se nos repite que no hay margen para sanidad o educación. Si de verdad no sobra el dinero, empecemos por ahí: véndase, y que lo recaudado vaya a lo que sostiene la vida de la gente.

Y aquí el PSOE tampoco puede mirar hacia otro lado. Hace apenas unas semanas, sus propios socios de Gobierno registraban una proposición de ley para limitar la actividad de los expresidentes, después del revuelo por el «caso Zapatero» — señal de que ni siquiera dentro del espacio que gobierna hoy hay acuerdo sobre dónde deben terminar estos privilegios. Y ahí está la pregunta que de verdad incomoda: ¿con qué autoridad se le pide a la ciudadanía que apriete el cinturón, que asuma recortes y contención salarial, si quien gobierna no está dispuesto a apretar el suyo? Porque si nadie propone vender el palacete ni tocar ninguno de estos privilegios, habrá que decir por qué: a nadie —ni a la derecha que hoy protesta, ni al PSOE que hoy calla— le interesa renunciar a lo que algún día podría disfrutar, o ya está disfrutando.

Lo que de verdad estamos perdiendo

Mientras el ciclo informativo se llena de fotos de piscinas, aviones y perímetros de seguridad, el debate que de verdad importa desaparece durante días. No porque la polémica sea mentira, sino porque es pequeña, se repite cada verano, y mientras dura sirve sobre todo para desgastar al Gobierno. Por eso esta es, sencillamente, una polémica chorra: no busca cambiar nada, solo hacer ruido.

Así que la pregunta a la derecha no es si Sánchez debería estar en La Mareta. Es esta otra: ¿qué les preocupa de verdad, el privilegio o quién lo disfruta? Que tengan la valentía de responder eso en vez de gritar cada agosto. Que propongan en lugar de solo criticar, y que asuman las consecuencias —unos y otros— en vez de usarla como arma cuando conviene y guardarla en el cajón cuando toca gobernar.

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