MUJERES DE LA HISTORIAMARÍA «LA JABALINA»

la mujer a la que quisieron quitarlo todo

Tenía 25 años cuando la fusilaron. Antes le habían quitado la libertad, el cabello, la dignidad, la maternidad y hasta la verdad. Pero hubo algo que nunca consiguieron arrancarle: haber elegido de qué lado de la historia quería estar.

María Pérez Lacruz nace en una familia obrera que llega a Sagunto desde Teruel buscando trabajo. Es una de cinco hermanos y aprende pronto que en las casas pobres la infancia dura menos.

A los 17 entra en las Juventudes Libertarias. Ha conocido demasiado pronto la pobreza y ha empezado a comprender que aquello no es simplemente mala suerte. María no elige agachar la cabeza. Elige ser libre.

Y no llega sola a esa decisión. La Segunda República había traído el voto femenino, defendido en las Cortes por una Clara Campoamor de discurso imbatible, pero en el mundo libertario la emancipación se pensaba todavía más lejos: no bastaba con votar, había que tener educación, independencia económica y capacidad para decidir sobre la propia vida. María crece en ese ambiente. No es una muchacha que acompaña a sus compañeros a la guerra: es una joven que ha aprendido que también tiene derecho a decidir.

Por eso, cuando en julio de 1936 una parte del Ejército se levanta contra la República, María tiene 19 años y no se queda esperando en casa: se marcha con la Columna de Hierro, no buscando gloria sino defendiendo lo que considera suyo. En el frente trabaja como enfermera hasta que el 23 de agosto una bala le destroza la pierna en los combates de Teruel. Pasa meses hospitalizada y ya no vuelve al frente: trabajará en una fábrica de armamento en Sagunto y después en una siderúrgica de Cieza. Cuando la guerra exige su cuerpo, María lo entrega; cuando la retaguardia necesita sus manos, también las entrega.

Hasta que la República pierde la guerra. Y entonces empieza el verdadero calvario.

La mujer que había que castigar

María podría haberse marchado. No lo hizo, quizá porque no imaginaba hasta dónde llegaría la venganza de los vencedores.

El 23 de abril de 1939 la Guardia Civil la detiene. Está embarazada. La interrogan sobre la Columna de Hierro y sobre supuestos crímenes de guerra, y después la rapan: no le cortan simplemente el pelo, la convierten en espectáculo. Le dejan apenas un mechón y la hacen desfilar por las calles de Sagunto junto a otra mujer republicana, para que todos vean lo que sucede cuando una mujer se atreve a cruzar las fronteras que ellos le han impuesto. Hay insultos, hay miradas, hay silencio. Y hay alguien que no calla: su madre, que se enfrenta a quienes insultan a su hija en plena calle.

María vuelve a casa solo unos días. Cuando intentan hacerle firmar una declaración con acusaciones que considera falsas, se niega. Podía haber firmado, podía haber intentado salvarse. No lo hace, y vuelve a prisión.

Embarazada entre barrotes

Mientras el régimen construye su acusación, María sigue llevando dentro a una criatura. Embarazada de siete meses, su estado de salud obliga a trasladarla al Hospital Provincial de Valencia, donde da a luz el 9 de enero de 1940.

Y aquí sucede lo más cruel de esta historia: a María le roban a su hijo. No existe un final feliz escondido en los archivos, ni una familia que venga a recogerlo, ni una tumba, ni siquiera la certeza de si fue niño o niña. Solo existe un expediente penitenciario que registra que tuvo una criatura, y después, silencio — el mismo silencio que rodeó a tantos otros hijos de presas republicanas, arrancados de sus madres y entregados a otras familias en aquellas cárceles.

María sale del hospital. Su hijo no sale con ella. Nunca volverá a verlo. Y María vuelve a la cárcel, donde la acusación que el régimen lleva meses construyendo contra ella ya está casi lista.

Una criminal que no pudo cometer sus crímenes

El régimen necesitaba convertirla en algo más que una mujer derrotada: necesitaba convertirla en culpable. La acusaron de asesinatos, de asaltos, de matar sacerdotes, guardias y políticos, e incluso le atribuyeron el asesinato del cónsul de Bolivia en Valencia. Solo había un problema: nunca existió tal cónsul.

Y había otro todavía mayor: cuando supuestamente se cometieron algunos de esos crímenes, María estaba en el Hospital Provincial recuperándose de las heridas de guerra, y el propio director certificó que no había podido participar en ellos. Hasta hubo falangistas que declararon a su favor.

No importó. Aquello no era un proceso para averiguar la verdad. Era un proceso para fabricar una culpable.

Pero fabricar una culpable no bastaba. El régimen necesitaba borrar en María algo más grande que ella misma: una mujer politizada, organizada y capaz de decidir por sí sola era exactamente el tipo de mujer que el franquismo quería hacer desaparecer. No se trataba únicamente de castigarla a ella. Se trataba de recordar a todas las demás cuál era el precio de no obedecer.

La paradoja perfecta

El 28 de julio de 1942 comienza el consejo de guerra. La acusan de «adhesión a la rebelión» y de «desafección al Movimiento». La frase debería figurar en cualquier museo dedicado a la memoria del franquismo, porque quienes habían dado un golpe de Estado contra un Gobierno legítimo estaban juzgando por rebelión a una mujer que había defendido aquella legalidad.

¿Quién se rebeló realmente aquel verano de 1936: los que tomaron las armas contra la República, o la enfermera de 19 años que fue a curar a sus heridos?

La defensa recordó que María había sido enfermera en la Columna de Hierro. El fiscal pidió la muerte, y el tribunal tardó apenas unos minutos en decidir. No necesitó pruebas. Solo una condena.

El 8 de agosto de 1942 la llevaron al paredón de Paterna. María Pérez Lacruz, «la Jabalina», tenía 25 años, y la fusilaron junto a otros seis hombres. Fue la última mujer ejecutada por el franquismo en el País Valenciano.

No sabemos cuáles fueron sus últimas palabras. No necesitamos inventarlas.

No pudieron matarla del todo

El franquismo pudo matar a María, borrar el nombre de su hijo, fabricar acusaciones. Pudo convertirla en la caricatura de «roja», «libertina» y «amancebada», porque necesitaba castigar no solo sus ideas, sino también su manera de vivir. Pero cometió un error: pensó que matar a una persona era lo mismo que borrar su existencia.

No lo es.

Hoy sabemos que fue detenida embarazada, que le robaron a su hijo, que fue acusada de crímenes que no pudo cometer y condenada sin pruebas. Y sabemos quién la fusiló.

María no fue una excepción. Fue una entre muchas cuyo nombre sí conocemos.

Quizá nunca sepamos dónde terminó aquel niño. Pero podemos devolverle a María algo que el franquismo intentó quitarle durante toda su vida: su nombre.

María Pérez Lacruz. La Jabalina. Tenía 25 años. Y no murió por ser culpable: murió porque había elegido ser libre.

Honor y gloria.

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