Hay polémicas que dicen mucho más de quienes las provocan que de aquello que pretenden defender.
La elección de Lupita Nyong’o para interpretar a Helena de Troya en La Odisea, la nueva película de Christopher Nolan, ha provocado una de ellas. Elon Musk convirtió el casting en una cuestión de «integridad» y acusó al director de haberla perdido por elegir a una actriz negra. Pero basta con mirar el resto del reparto para que la acusación se derrumbe sola.
¿Por qué solo les preocupa el aspecto de Helena?
Odiseo es Matt Damon: rubio, de ojos claros, sin nada de un heleno de la Edad de Bronce. Penélope es Anne Hathaway. Telémaco, Tom Holland. Antínoo, Robert Pattinson. A ninguno se le exigió parecerse a un habitante de Ítaca de hace tres mil años. Nadie reclamó un casting mediterráneo. Todos entendimos que estábamos viendo una interpretación, no una reconstrucción forense. Hasta que la actriz fue negra, y de pronto apareció una policía genética de la Antigüedad que antes nadie sabía que existía.
El supremacismo blanco no necesita demostrar ninguna conspiración real para funcionar. Le basta con lograr que una parte de la gente sienta que le están quitando algo —su cultura, su historia, sus símbolos— y encontrar, cada cierto tiempo, un símbolo nuevo donde depositarlo.
Pedro Olalla, helenista español y crítico de la película, lo resumía así: «Una Helena de Troya negra es tan absurda e injustificada como un Don Quijote negro o un Kunta Kinte blanco». Que a Olalla no le guste la elección es legítimo. Lo revelador es el argumento: asume que lo normal es blanco y lo anómalo es negro.
¿Qué sabemos realmente del aspecto físico de Helena? Sabemos lo que Homero cuenta de ella: que su belleza desencadena una guerra y ocupa el centro del mito. No tenemos fotografía, retrato ni descripción que determine el color de su piel. Y sin embargo, de repente, ha aparecido una exigencia nueva: la fidelidad racial.
El cine lleva más de un siglo haciendo exactamente lo contrario. Elizabeth Taylor interpretó a Cleopatra. Charlton Heston interpretó a Moisés. Tenores blancos interpretaron a Otelo durante décadas, incluso con maquillaje oscuro. Y durante siglos, Occidente ha representado a Jesús de Nazaret —un judío de Galilea del siglo I, del que no sabemos con precisión cómo era su rostro— con piel clara y rasgos europeos. Nadie ha considerado nunca que esa imagen fuera una agresión a la fidelidad histórica.
A nadie se le ocurrió juzgar a Taylor, a Heston o a los tenores de Otelo por el color antes que por la actuación. Importaba si Taylor bordaba a Cleopatra, no si el reparto respetaba un mapa racial imaginario del pasado. Esa es la pregunta que deberíamos hacernos con Nyong’o: no de qué color era Helena, sino si borda el papel. Empezar a exigir fidelidad racial justo con ella —y no con Damon, con Taylor, con Heston— no es fidelidad. Es selección.
Y aquí ya no hablamos de cine.
Lo que interesa es por qué una decisión de casting se convierte en batalla política. Se toma algo menor y se convierte en símbolo de una amenaza mayor: nos están cambiando la historia, nos están quitando la cultura. Una actriz negra interpretando a Helena deja de ser una decisión artística y se convierte en prueba de que «ellos» están cambiando «nuestra» cultura.
Pero la cultura occidental nunca ha sido una fotografía fija. La hemos reinterpretado sin descanso, cambiando el rostro de nuestros dioses y héroes sin que nadie sintiera que la civilización se desmoronaba. Nunca existió una plantilla racial que determinara quién podía imaginar el pasado. Hasta que a alguien le resultó políticamente útil inventarla.
Ese mecanismo tiene una ventaja: no necesita resolver ningún problema material para movilizar a la gente. Basta un símbolo. Un día es una película. Otro, una estatua. Otro, una palabra.
Lo interesante no es la sinceridad de quien lo agita. Lo interesante es qué ocurre cuando una cuestión cultural se transforma en amenaza identitaria. Ya no discutimos sobre una película. Discutimos sobre quién tiene derecho a imaginar el pasado.
No hace falta que nos guste el resultado. Pero sí deberíamos exigir que el criterio sea el mismo para todos, y hoy no lo es: se exige pureza solo cuando el cambio va en una dirección.
Hay una última ironía. Mientras en las redes se libra una batalla por el color de piel de Helena, el público hace algo bastante menos épico: comprar entradas. La Odisea ya ha superado los 1.100 millones de dólares de recaudación mundial y se ha convertido en la película más taquillera de toda la carrera de Nolan, por encima de The Dark Knight Rises. Eso no significa que esos millones hayan votado a favor de Nyong’o. Sería absurdo decirlo. Pero sí significa que la supuesta afrenta cultural no ha impedido que millones de personas quieran ver la película.
No sabemos si Helena era negra, blanca o de cualquier otro aspecto. No sabemos exactamente cómo era Jesús. No sabemos qué cara tenía Moisés. Y sin embargo llevamos miles de años contándonos sus historias, prestándoles el rostro de quien mejor las supo interpretar.
Quizá el problema nunca fue el color de los personajes. Quizá es que algunos necesitan que el pasado tenga exactamente el rostro que aprendieron a reconocer. Y cuando ese rostro cambia, no sienten que haya cambiado una película. Sienten que les han cambiado el mundo.
Eso ya no es cine. Es el miedo de siempre, con otro disfraz.
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