«Acuérdate de que quien azotaba a los esclavos no eran los señores.»
—Julio Carrasco—
El amo rara vez sostenía el látigo.
No lo necesitaba.
Mientras un hombre gritaba bajo el sol, él permanecía a la sombra. Bastaba con que alguien hiciera el trabajo por él.
A veces era un mayoral blanco, elegido para el látigo y nada más.
Otras, un esclavo al que se concedía un pequeño ascenso sobre los demás: capataz de su propia gente, con algo más de comida y algo menos de sol.
Y, más raro pero más revelador, el esclavo doméstico. Vestía un poco mejor, dormía un poco más cerca de la casa grande, comía las sobras de la mesa del amo en vez de las del campo. Seguía siendo esclavo. Pero empezaba a sentirse distinto de los demás esclavos. Y ese pequeño desnivel bastaba, muchas veces, para que vigilara, delatara o castigara a quienes compartían su misma condición.
El amo observó aquello durante generaciones.
Vio que no hacía falta pagar con libertad. Bastaba con pagar con un poco de distancia respecto a los de abajo.
Ahí hizo uno de los descubrimientos más importantes de su historia.
Comprendió que el miedo era eficaz.
Pero el privilegio era mucho más rentable.
Cuando el amo descubrió que el esclavo no soñaba con su libertad, sino con ocupar su espacio, entendió que las cadenas empezaban a ser prescindibles.
Cuando por fin se abolió la esclavitud, aquella lección no murió con ella.
Cambió de nombre.
Se llamó aparcería. Quien quisiera cultivar un trozo de tierra para alimentar a su familia debía entregar gran parte de la cosecha al mismo dueño de siempre. La cadena había cambiado de forma, pero seguía siendo cadena.
Después llegaron las fábricas.
Más tarde las oficinas.
Hoy bastan una hipoteca, un contrato precario, una deuda o el miedo a quedarse fuera.
El látigo nunca desapareció.
Solo aprendió a hacerse invisible.
En 1961, Stanley Milgram reunió a un grupo de personas corrientes en la Universidad de Yale. Les pidió que aplicaran descargas eléctricas cada vez más intensas a otra persona cuando fallaba una respuesta. Las descargas eran falsas. Los gritos también. Pero quienes accionaban las palancas lo ignoraban.
Quien daba las instrucciones vestía una bata blanca. No gritaba, no amenazaba. Se limitaba a repetir, sereno, la misma frase: «el experimento requiere que continúe».
Muchos llegaron hasta el final.
No eran sádicos.
No disfrutaban haciendo daño.
Simplemente obedecían a la bata blanca.
Aquel experimento demostró que una autoridad podía conseguir que personas normales hicieran cosas extraordinariamente crueles.
Pero, con el paso del tiempo, el poder descubrió algo todavía más eficaz.
Descubrió que no siempre hacía falta ordenar.
Bastaba con convencer.
Convencer al trabajador de que, con suficiente esfuerzo, algún día dejaría de ser trabajador.
Convencer al pobre de que estaba a un golpe de suerte de dejar de serlo.
Convencer a millones de personas de que el problema nunca estaba en el tablero, sino en que todavía no habían conseguido llegar a la casilla correcta.
Y logró algo todavía más útil: convenció también a quien se quedaba fuera de cargar con la culpa. No era el tablero. No era el reparto de las cartas. Era él, que no se había esforzado lo suficiente, que no había sabido aprovechar su oportunidad. Así, ni siquiera el fracasado acaba culpando al sistema. Se culpa a sí mismo.
No hace falta que todos asciendan.
Basta con que asciendan unos pocos.
Si nunca le tocara la lotería a nadie, dejaríamos de comprar boletos.
Así funciona también el poder.
No necesita que todos crean.
Solo necesita que crean los suficientes.
Y mientras unos sueñan con ocupar el lugar del amo, dejan de preguntarse por qué sigue existiendo un amo.
Quizá ese haya sido el mayor descubrimiento del poder a lo largo de la historia.
No que pudiera gobernar mediante el miedo.
Eso ya lo sabía.
Su verdadero hallazgo fue comprender una de nuestras debilidades: que, a veces, el deseo de ascender pesa más que el deseo de que nadie tenga que arrodillarse.
Desde entonces, las cadenas empezaron a desaparecer de la vista.
Ya no era necesario vigilarnos constantemente.
Empezamos a hacerlo nosotros mismos.
Y, en ocasiones, también a vigilar al compañero.
Porque el poder más perfecto no es el que obliga.
Es el que consigue que sus víctimas protejan el sistema que las mantiene sometidas.
¿Cuántas veces hemos preferido no arriesgar lo poco que tenemos, aunque eso signifique defender a quien nos lo quita?
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