Han pasado unos días. El ruido de las primeras horas ha bajado, los titulares han dejado paso a otras noticias y las imágenes ya no se repiten en bucle. Es el momento de mirar lo ocurrido sin la urgencia del directo, porque hay dos historias que, contadas por separado, no dicen ni la mitad de lo que dicen juntas.
La primera llegó desde Mallorca: miles de personas salieron a la calle hartas de un modelo que las expulsa de su propia isla mientras la vivienda se dispara y el territorio se satura. La protesta terminó con cargas policiales. La segunda llegó desde Ceuta: la llegada masiva de personas desde Marruecos desbordó a una ciudad pequeña y fronteriza, y su ciudadanía reclamó protección.
Son crisis distintas y no piden la misma respuesta. Pero colocadas una junto a la otra dejan ver algo que por separado se disimula bien: el poder no mira igual a una multitud según lo que esa multitud viene a pedir, ni según a quién incomoda.
Las dos historias nacen del mismo sentimiento, aunque nadie lo llame igual: el de una ciudad que ve cómo algo que no ha decidido —turistas, personas que cruzan una frontera— ocupa su territorio y desplaza su forma de vida. En Mallorca y en Ceuta, miles de vecinos sintieron, cada uno a su manera, que su tierra dejaba de ser suya. Solo a una de las dos se le permitió llamarlo invasión.
Mallorca no salió a la calle contra el turista
Nadie en Mallorca protestaba contra el visitante que hace la maleta y se va sin enterarse de nada. La rabia iba dirigida a un modelo que ha decidido que la isla vale más vacía de vecinos y llena de apartamentos turísticos que habitada por quienes la sostienen todo el año. El turismo genera riqueza, es cierto, pero esa cifra no explica por qué una parte de esa riqueza se ha convertido en el motivo por el que sus vecinos ya no pueden pagar un alquiler.
Eso era lo que se discutía en la calle. La respuesta institucional fue la porra, y la imagen de las cargas tapó, como suele pasar, el motivo por el que miles de personas habían salido de casa un día laborable.
Ceuta necesitaba un Estado, no un plató
En Ceuta la foto fue distinta desde el primer minuto. Una ciudad pequeña, con una frontera imposible, se vio desbordada y su ciudadanía pidió lo razonable: que el Estado apareciera. El presidente de la Ciudad Autónoma, Juan Jesús Vivas, del PP, denunció que Ceuta no podía sostener sola una crisis de esa magnitud y exigió al Gobierno de Pedro Sánchez una respuesta a la altura.
Tenía razón en exigirlo, pero llama la atención que el mismo partido que en Mallorca, con Marga Prohens al frente del Govern balear, respondió a su ciudadanía con las fuerzas de seguridad, en Ceuta le pidiera al Gobierno central algo más que fuerza.
Al Gobierno central, sin embargo, tampoco le sobra ejemplaridad. Tardó en aparecer, y cuando lo hizo, gestionó más la imagen de la gestión que la gestión misma. Explicar con claridad qué había fallado, cuántos recursos se movilizaban y con qué calendario no es un lujo democrático: es lo mínimo. Y en eso también falló.
Una misma lógica, varios actores
Sería un error quedarse en el PP, como si el problema fuera un partido y no un mecanismo. El Gobierno central, que en Ceuta reclamaba paciencia y comprensión ante una crisis compleja, es el mismo que en otros momentos ha tratado la protesta social como un problema de orden público antes que como una demanda legítima. Nadie sale limpio de este ejercicio: lo que cambia entre unos y otros no es el principio, es el cálculo de a quién conviene proteger y a quién conviene contener.
Nadie ha llamado invasión a los casi doce millones de turistas que pisan Mallorca cada año, aunque ocupen la tierra igual o más que cualquier otro. En Ceuta, la palabra apareció en los titulares antes que ningún otro dato. La diferencia no está en los números: está en a quién conviene que la gente sienta miedo.
Los oportunistas de siempre
La ultraderecha jugó sus dos partidas con cartas distintas. En Mallorca defendió el turismo sin fisuras y miró para otro lado ante quienes denunciaban sus consecuencias. En Ceuta cambió de guion: no fue a gestionar ni a escuchar, fue a subir la temperatura y a empujar a una ciudad asustada hacia la confrontación, tratando de convertir el miedo de sus vecinos en munición contra el Gobierno.
Una parte importante de los ceutíes se lo dejó muy claro con una sola frase: «Esto es Ceuta, no Torre Pacheco». Decía algo difícil de asimilar para quien llegó a agitar: que se puede reclamar protección sin convertir el miedo en odio, y sin dejar que nadie de fuera decida usar a la ciudad como arma arrojadiza.
El papel que le toca a cada multitud
Los medios también reparten guion. Una multitud puede aparecer como vecinos hartos, como ciudadanos desprotegidos o como problema de orden público, y el marco elegido no es casual: condiciona lo que el lector termina entendiendo antes de haber pensado nada por sí mismo. En Mallorca pesó más el incidente que el motivo. En Ceuta pesó más la épica de la crisis que la pregunta de por qué la respuesta llegó tarde y mal.
La pregunta que queda
Ahí está, en realidad, la clave de las dos historias. A nadie de quienes deciden le preocupa demasiado la ciudadanía en sí misma; le asignan un papel según lo que convenga en cada momento. ¿Molesta a un modelo económico que da votos y beneficios? Palos. ¿Puede exhibirse como víctima y servir para golpear al Gobierno de turno? Perfecta, que salga en todas las portadas.
En Mallorca, una multitud trasladó una preocupación legítima y volvió a casa tratada como una amenaza. En Ceuta, una multitud con miedo real fue menos protegida que utilizada: convertida en argumento arrojadizo por quienes nunca antes se habían interesado por su suerte. Ninguna de las dos fue escuchada por lo que decía. Las dos fueron aprovechadas por lo que servían.
Queda una sola pregunta, y es la que de verdad importa: ¿cuándo decide el poder que una multitud es ciudadanía, y cuándo decide que se ha convertido en un problema o en una herramienta?
Nosotros, tú y yo, también formamos parte del reparto. Alguien decide, antes que nosotros, qué debería indignarnos y qué debería conmovernos. Puede que la única libertad que quede sea esa, pequeña y entera: elegir por qué nos indignamos.
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