MUJERES DE LA HISTORIA IRENA SENDLER

La heroína que casi nadie conoce

Hace unos días, en Iniciativas increíbles, conocimos una historia extraordinaria. La de unos tarros de cristal enterrados bajo un manzano y la iniciativa que permitió devolver el nombre y la identidad a miles de niños.

Hoy no queremos hablar de aquellos tarros.

Queremos hablar de la mujer que los enterró.

Y hacernos una pregunta.

¿Cómo es posible que una persona capaz de salvar miles de vidas siga siendo, para la inmensa mayoría, una completa desconocida?

Quizá la respuesta no esté en lo que hizo Irena Sendler.

Quizá esté en la forma en que decidimos escribir la historia.

Irena Sendler nació en Varsovia en 1910. No pertenecía a una familia poderosa, no ocupó grandes cargos y jamás buscó el reconocimiento. Era trabajadora social, una profesión que entendía como un servicio a los demás mucho antes de que la barbarie llamara a su puerta.

Su padre, médico de profesión, atendía a cualquier persona que necesitara ayuda, pudiera pagar o no. Murió de tifus tras contagiarse mientras cuidaba a sus pacientes.

Antes de marcharse, dejó a su hija una enseñanza que terminaría marcando toda su vida:

«Si ves a alguien ahogándose, debes intentar salvarlo, aunque tú no sepas nadar.»

Aquellas palabras no fueron un consejo.

Fueron un legado.

Cuando la ocupación nazi convirtió el gueto de Varsovia en una inmensa cárcel donde miles de niños estaban condenados a desaparecer, Irena comprendió que había llegado el momento de decidir qué clase de persona quería ser.

No detuvo la guerra.

No derrotó al nazismo.

Ni siquiera podía salvar a todos.

Pero decidió salvar a cuantos pudiera.

Sabemos cómo continúa aquella historia.

Sabemos de los rescates, de las identidades falsas, de los tarros enterrados bajo un manzano y de una red clandestina que desafió a uno de los regímenes más crueles de la historia.

También sabemos que fue detenida, torturada y condenada a muerte.

Y que jamás delató a un solo compañero.

Lo que quizá resulte más difícil de comprender es lo que ocurrió después.

Terminada la guerra, Irena nunca buscó reconocimiento. Nunca escribió su nombre con letras grandes. Nunca se presentó como una heroína.

Al contrario.

Cuando le preguntaban por lo que había hecho, respondía que seguía sintiendo el peso de no haber podido salvar a más niños.

Tal vez ahí resida la diferencia entre quienes buscan la gloria y quienes actúan por conciencia.

Los primeros esperan ser recordados.

Los segundos solo esperan haber hecho lo correcto.

Quizá por eso el nombre de Irena Sendler no ocupa el lugar que merece en nuestra memoria colectiva.

Y, sin embargo, debería.

Porque la historia necesita recordar a quienes conquistaron países para comprender cómo se levantaron los imperios.

Pero necesita, todavía más, recordar a quienes fueron capaces de conservar su humanidad cuando todo invitaba a perderla.

Irena Sendler no cambió el curso de la guerra.

Hizo algo mucho más difícil.

Demostró que incluso en medio del mayor horror, una sola persona puede seguir eligiendo hacer el bien.

Y mientras su nombre siga pronunciándose, aunque sea en voz baja, la historia tendrá una deuda menos con una mujer que nunca pidió ser recordada, pero que merece serlo para siempre.



P. D.

Las guerras cambian.
Los uniformes cambian.
Las banderas cambian.

Lo que nunca cambia son los niños, siempre inocentes, siempre indefensos frente a las decisiones de los adultos.

Ojalá, en algún lugar de Israel, haya hoy una mujer o un hombre dispuesto a hacer por los niños de Gaza lo que Irena Sendler hizo por los niños del gueto de Varsovia.

Si esa persona existe, todavía habrá motivos para seguir creyendo en la humanidad.

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