Estos días vuelve a hablarse de invasiones.
Después de los altercados de Ceuta y Melilla, las redes se han llenado de vídeos, explicaciones y discursos que pretenden aclararnos qué está ocurriendo. Algunos hablan de inmigración. Otros hablan de fronteras. Y otros, directamente, hablan de una invasión.
En estas estaba cuando escuché uno de esos vídeos. O, mejor dicho, intentaba escucharlo.
No conseguí llegar ni a la mitad. Hubo un momento en que decidí apagarlo. No porque no quisiera conocer una opinión diferente, sino porque hay discursos que, cuando se repiten demasiado, empiezan a exigir una cierta higiene mental.
El protagonista comenzaba aclarando que él no era racista. No cree en las razas, decía. Según explicaba, la ciencia ha demostrado que solo existe una raza: la humana. Un nórdico rubio, de ojos azules, comparte prácticamente todo su ADN con una persona nacida en África, Asia o cualquier otro lugar del planeta.
Hasta ahí, nada que discutir.
Después aclaraba que tampoco era xenófobo. La xenofobia, decía, es el odio al extranjero, y él no odia a ningún extranjero. Su problema no son las personas que vienen de otros países. Su problema es que las fronteras deben respetarse.
Y entonces llegó la explicación definitiva. No era una cuestión de raza. Tampoco de nacionalidad. Era una cuestión cultural. Porque, según su ejemplo, si alguien llega a tu barrio y tiene por costumbre dar los buenos días cagándose en la puerta del vecino, y no está dispuesto a renunciar a esa costumbre, es lógico que no quieras compartir vecindario con él.
Ahí dejé el vídeo. Pero la reflexión se quedó conmigo.
Porque quizá el problema no sea únicamente lo que decía, sino la necesidad de repetir, una y otra vez, lo que supuestamente no era.
No soy racista.
No soy xenófobo.
No tengo nada contra los extranjeros.
Pero…
Y a veces todo lo importante empieza después de ese pero.
El racismo no desaparece porque cambiemos la palabra
Que las razas humanas no existan como categorías biológicas claramente diferenciadas no significa que el racismo haya desaparecido. No necesita que alguien crea que existen razas superiores e inferiores: le basta con que atribuyamos comportamientos, valores o peligros a personas por su origen, su apariencia o la cultura que suponemos que representan.
También puede esconderse detrás de palabras aparentemente más respetables.
Cultura, identidad, tradiciones, costumbres, integración…
Y cuidado: hablar de cultura no es racismo. Las culturas existen y son diferentes. La cultura nórdica no es igual que la española, ni esta igual que las numerosas culturas africanas. Ninguna sociedad está obligada a renunciar a sus normas de convivencia.
El problema aparece cuando convertimos la cultura en una explicación automática de la conducta de millones de personas. Si un vecino ensucia deliberadamente la puerta de otro, el problema no es su cultura: es que está perjudicando a su vecino. Y si comete un delito, debe responder por él. Pero si lo hace alguien nacido aquí, hablamos de un delincuente; si lo hace alguien extranjero, aparecen de golpe la inmigración, la cultura y la amenaza colectiva. La misma conducta recibe una explicación distinta según quién la cometa.
Nadie tiene derecho a exigir que aceptemos comportamientos que dañan a los demás. Pero tampoco nadie tiene derecho a convertir el comportamiento de una persona en la identidad de todo un pueblo.
La neutralidad también tiene fronteras
Quienes defienden con tanta contundencia que las fronteras deben respetarse suelen presentar su posición como una defensa neutral del orden. Cada país tiene derecho a decidir quién entra. Cada sociedad, a proteger su cultura. Cada pueblo, a defender sus fronteras.
Bien. Pero si somos coherentes, deberíamos aplicar el mismo principio en todas las direcciones.
Las fronteras parecen muy importantes cuando las cruzan personas pobres buscando seguridad, trabajo o una oportunidad. Parecen mucho menos importantes cuando las atraviesan grandes empresas para extraer materias primas, controlar recursos o imponer condiciones económicas. Gobiernos, empresarios y multinacionales llegan a otros países con dinero, presiones, sobornos o acuerdos que benefician a unos pocos. Se explotan recursos que apenas mejoran la vida de la población local. Intereses extranjeros sostienen gobiernos corruptos porque determinadas materias primas son demasiado valiosas.
Eso también tiene nombre, aunque rara vez lo pronunciemos: neocolonialismo.
¿También es eso una invasión? ¿O la invasión solo existe cuando quien cruza la frontera llega sin dinero, sin poder y con una mochila a la espalda?
Porque quizá haya, en esos países, quien tampoco quiera compartir su tierra con quienes llegan a llevarse sus recursos. Quien piense que esa forma de actuar no encaja con su cultura. Quien considere que nadie debería entrar en su casa para decidir qué se extrae y quién se beneficia.
Pero entonces ya no hablamos de cultura. Hablamos de inversiones, de oportunidades, de mercados, de desarrollo.
Las palabras cambian según quién cruza la frontera.
Las fronteras para las personas, las puertas abiertas para el dinero
Tal vez el debate no sea solo quién entra, sino quién puede entrar sin que nadie lo llame invasor.
El dinero cruza fronteras. Las grandes empresas cruzan fronteras. Los recursos salen de unos países y enriquecen a otros, y las decisiones tomadas a miles de kilómetros pueden cambiar la vida de comunidades enteras. Pero cuando las consecuencias de ese sistema empujan a miles de personas a emigrar, parece que el problema empieza en la frontera. Como si la historia comenzara cuando alguien llega a nuestra costa, sin pasado y sin causas.
Y quizá por eso conviene desconfiar de quien jura que no es racista ni xenófobo justo antes de explicar por qué determinadas personas no deberían vivir cerca de nosotros. Declararse no racista no convierte una idea en no racista. Y no odiar al extranjero no impide tratarlo como una amenaza.
Las palabras que usamos para describirnos importan menos que la forma en que miramos a los demás.
Quizá la pregunta no sea si soy racista, sino si juzgo a una persona por lo que hace o por el lugar del que procede. Y hay otra todavía más incómoda: ¿defiendo las fronteras para proteger a las personas, o solo para impedir que lleguen quienes tienen menos poder que yo?
Las fronteras no son neutrales cuando se cierran para los pobres y se abren para los negocios. Y la cultura no es una explicación inocente cuando se usa para convertir a millones de personas en sospechosas.
Tal vez el problema no sea que existan culturas diferentes. Tal vez el problema sea creer que unas tienen derecho a cruzar el mundo para enriquecerse, y otras deben quedarse al otro lado de la frontera, aceptando las consecuencias del expolio, el empobrecimiento y un régimen dictador (en demasiadas ocasiones , impuesto o sostenido por nuestros gobiernos) que ha vendido su futuro a nuestras grandes corporaciones.
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