CRÓNICA DE UN MUNDO QUE SUPERÓ A SUS PROFETAS


Durante décadas hemos discutido cuál de las dos grandes distopías del siglo XX acertó más. ¿El Gran Hermano de Orwell, que vigila y castiga? ¿O el soma (Un mundo feliz) de Huxley, que anestesia y complace?

La pregunta tiene la elegancia de los buenos debates.

Y el defecto de partir de una premisa equivocada: que la realidad tendría la cortesía de elegir un bando.

No la tuvo. Construyó una tercera.

El falso duelo

Orwell temía a quienes prohíben los libros; Huxley temía que no hiciera falta prohibirlos, porque nadie querría leerlos. Orwell temía que nos privaran de información; Huxley, que nos dieran tanta que nos ahogáramos en su irrelevancia.

Fue una distinción brillante. Y envejeció justo donde parecía más sólida: en la idea de que alguien, desde un único despacho, decidiría qué mundo construir.

No hubo un despacho único, ni un arquitecto que lo diseñara todo. Hubo miles de decisiones pequeñas, tomadas por quienes construían algoritmos para retener nuestra atención un segundo más. Ninguna tuvo que llamarse tiranía para funcionar exactamente como una.

Y sin embargo aquí estamos, viviendo en los dos mundos a la vez. Y en un tercero que ninguno de los dos imaginó.

La vigilancia que no hizo falta pedir, y la que sigue ahí

El Gran Hermano necesitaba cámaras, telepantallas, informantes pagados por el Estado. Un aparato caro, visible, que exigía intención.

Nosotros regalamos nuestra ubicación, nuestras conversaciones, nuestros afectos y nuestras rutinas al mercado y a quien quiera pedirlas. Sin que nadie tenga que vigilarnos. Lo entregamos con gusto, a cambio de una notificación.

Pero sería ingenuo dar por muerto al Ministerio de la Verdad. Sigue ahí, y no ha perdido un ápice de su instinto corrector; solo ha cambiado de forma. La corrección del relato, el señalamiento de ciertas voces, la infiltración en movimientos sociales, no han desaparecido. Se concentran donde alguien cuestiona, se organiza o incomoda de verdad.

La vigilancia no ha desaparecido.

Se ha vuelto asimétrica: total y voluntaria para quien consume, selectiva y coercitiva para quien desafía.

El soma que ya no administra el Estado, sino el rendimiento

Aquí la distopía real se aleja más de Huxley de lo que se le acerca. Su soma se administraba desde arriba, para evitar el sufrimiento. El nuestro funciona al revés: primero construimos una sociedad que produce agotamiento, comparación constante y sensación permanente de insuficiencia. Después recurrimos, cada vez con más frecuencia, a soluciones químicas para poder seguir funcionando.

No eliminamos el malestar. Lo gestionamos, dosis a dosis, para seguir rindiendo al ritmo que el sistema exige.

Byung-Chul Han lo explicó con precisión quirúrgica: la sociedad contemporánea ya no necesita explotar a nadie por la fuerza. Le basta con que cada individuo se explote a sí mismo, convencido de que eso es libertad. Ya no competimos solo por un salario, sino por atención, por seguidores, por una marca personal que no descansa nunca. Y cuando el juego está diseñado —algorítmicamente— para que solo una minoría destaque, el fracaso deja de parecer estadística.

Se convierte en defecto personal.

Los datos no dejan margen de duda: el consumo de antidepresivos en España ha crecido un 53,4% desde 2010. Y hay una paradoja que lo resume mejor que cualquier otra cifra: Finlandia, el país que encabeza los rankings mundiales de felicidad, lidera también el consumo global de estos fármacos.

El progreso y el malestar ya no se excluyen. Conviven.

Las víctimas que deja el camino

Cuando la competición por la visibilidad no encuentra talento, ingenio ni mérito que ofrecer, encuentra otra materia prima.

Personas.

Hace poco, la policía detuvo a varios jóvenes que golpeaban a desconocidos mientras otros grababan la agresión, solo para ganar seguidores. La víctima era intercambiable; lo único que importaba era el contenido.

Ese caso, por brutal que sea, es solo la parte visible de algo más amplio: el acoso organizado por algoritmo, el escrache alimentado por indignación ajena, la exposición pública de terceros con tal de sumar alcance. Bajo esa misma lógica hay también casos de bullying y ciberacoso que han terminado en suicidio.

No son episodios aislados. Son consecuencias previsibles de un sistema que premia la visibilidad y nunca pregunta por el coste humano de conseguirla.

Cierre

Orwell y Huxley, cada uno a su manera, fueron honestos. Dibujaron un tirano, un aparato, una coacción visible a la que, al menos en la ficción, era posible resistir.

Nuestra distopía no tiene esa honestidad. Se presenta como libertad. Nadie te obliga a competir, nadie te obliga a mirar el móvil, nadie te obliga a publicar. Y sin embargo todo funciona como si lo hiciera, con dos clases de víctimas: quien pierde la competición y se hunde en un malestar que después medicamos, y quien es convertido en materia prima para que otro la gane.

Ellos imaginaron un mundo que nos vigilaría o nos dormiría.

Ninguno imaginó que acabaríamos haciendo ambas cosas nosotros mismos. Y que, además, lo llamaríamos libertad.

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