EL FASCISMO NO ESTÁ GANANDO; LA DEMOCRACIA ESTÁ PERDIENDO


Cada vez que la extrema derecha avanza en las urnas, el debate vuelve a girar sobre la misma pregunta: ¿qué le está pasando a la sociedad?

Es la pregunta equivocada. La fiebre no es la enfermedad. Y llevamos años tratando el síntoma como si fuera el diagnóstico.

El terreno que sí se sembró a propósito

En demasiados países, acceder a una vivienda se ha convertido en una carrera casi imposible. Trabajar ya no garantiza llegar a fin de mes. Los servicios públicos muestran signos evidentes de deterioro. La corrupción erosiona la confianza en las instituciones.

Conviene no suavizarlo: ese terreno no es un fallo, es una obra. Los partidos que durante décadas se han presentado como la opción moderada y responsable —de centroizquierda y de centroderecha, gobernando de forma alterna— son quienes han privatizado lo público, financiarizado la vivienda hasta convertirla en activo especulativo, y normalizado las puertas giratorias entre la política y las mismas empresas que después regulan. Pero además de eso está lo otro, lo que no admite matiz: la corrupción sistémica, el robo de fondos públicos, las traiciones a quienes les votaron confiando en un programa que luego se abandonó sin explicación, el ejercicio del poder como privilegio y no como servicio. No es que dejaran de resolver el problema. Es que buena parte del problema lo firmaron ellos, con su propia mano.

La extrema derecha no fabrica ese malestar, pero conviene no despacharla como una circunstancia pasiva: sabe cosecharlo con oficio. Ofrece lo que la política tradicional dejó de ofrecer: un culpable con nombre y cara —el migrante, la minoría, el vecino distinto— en lugar de una causa estructural que no cabe en un eslogan. Ofrece pertenencia allí donde la comunidad se ha disuelto, y certeza allí donde todo resulta incierto. No inventa el miedo, pero lo nombra con precisión quirúrgica, y lo dirige siempre hacia abajo, nunca hacia quienes de verdad han decidido las condiciones de vida de la gente.

El fascismo tiene también accionistas

Hay otro error de enfoque: reducir la extrema derecha a un fenómeno de partidos y urnas. Detrás de su avance hay medios de comunicación concentrados en pocas manos que amplifican su discurso como si fuera sentido común, capital financiero que encuentra en sus políticas desregulación y beneficio, y plataformas digitales cuyos algoritmos premian la indignación por encima de cualquier otra cosa.

Sin ese entramado no político, la extrema derecha sería un fenómeno marginal. Con él, se convierte en el poder detrás del poder que finge combatir.

Lo que la izquierda antigua entendió y no la actual

Al fascismo se le derrotó en la guerra misma, con millones de vidas pagadas por esa derrota —en toda Europa, salvo en España, donde el franquismo sobrevivió cuatro décadas más sin que nada ni nadie lo desalojara desde dentro ni desde fuera. Pero incluso donde sí fue derrotado, no se hizo gran cosa por desmontarlo desde la raíz: se le calló, quedó mal visto durante un tiempo, se le empujó a los márgenes del discurso aceptable. Eso no es lo mismo que erradicarlo.

Pero antes de esa victoria hubo un diagnóstico, y ese diagnóstico importa. Georgi Dimitrov, ante la Internacional Comunista en 1935, definió el fascismo como la dictadura abierta de los sectores más reaccionarios del gran capital financiero, y de ahí extrajo una conclusión incómoda para su propio campo: contra eso no bastaba un partido, hacía falta un Frente Popular que uniera a comunistas, socialistas, liberales y cualquier fuerza dispuesta a defender la democracia, aunque no compartieran programa. Gramsci, escribiendo desde la cárcel, explicó por qué el fascismo había prendido en Italia allí donde la izquierda no había sabido tejer una alianza lo bastante amplia entre obreros y campesinos. Togliatti llegó a conclusiones parecidas: el fascismo se combate entendiendo a quién sirve, no solo denunciando lo que dice.

La izquierda que se enfrentó al fascismo en el siglo XX no ganó por tener razón. Ganó, cuando ganó, por saber unirse con quien pensaba distinto para sostener algo común.

Lo que vino después, y lo que se ha desmontado

Derrotado ya el fascismo, las democracias de posguerra —también aquí, de centroizquierda y de centroderecha— construyeron estado del bienestar, vivienda pública, sanidad universal, pactos entre capital y trabajo: no para vencerlo, eso ya estaba hecho, sino para que las condiciones que lo habían alimentado no volvieran a repetirse. Y durante décadas funcionó: la vida de la gente mejoraba de forma verificable, generación tras generación.

Ese pacto es, precisamente, lo que los herederos de aquellos mismos partidos moderados han ido desmontando desde entonces. La diferencia sustancial con el siglo XX no es solo que el malestar material haya vuelto. Es que quienes antes ofrecían un cauce para canalizarlo, hoy son en buena medida quienes lo provocan.

La alternativa que no se supo construir

Y aquí la izquierda actual tiene su propia cuenta pendiente, distinta de la de los moderados. En España, el ciclo abierto con el 15M tuvo, durante un tiempo, algo parecido a lo que el malestar necesitaba: una energía social real, no fabricada desde ningún partido. Era, quizá, la primera oportunidad en mucho tiempo de canalizar ese descontento hacia una alternativa capaz de disputar el poder.

No se supo aprovechar, y la responsabilidad no recae sobre una sola sigla. Recae sobre una izquierda en su conjunto que no supo reunirse en torno a ese momento emergente, que prefirió competir entre siglas antes que construir con ellas. La lección de Dimitrov —que ante un adversario así ninguna fuerza aislada basta, que hace falta un frente amplio— estaba ahí, disponible, heredada. Y no se aplicó.

Lo que tocaría hacer ahora

La lección del siglo XX es doble, y las dos mitades hacen falta a la vez. La democracia se defiende ofreciendo algo verificable a la vida de la gente, no solo señalando al enemigo: eso obliga a los moderados a devolver lo que han desmontado, no a administrarlo con matices. Y frente a un adversario sostenido por medios, capital y algoritmos, ninguna fuerza aislada tiene ya el tamaño para disputarle nada: eso obliga a la izquierda a dejar de tratar cada sigla como un fin y a tratar el frente amplio como el único terreno donde jugarse algo.

La pregunta que queda sobre la mesa

Quizá llevamos demasiado tiempo preguntándonos qué les pasa a quienes votan a la extrema derecha, y no lo suficiente preguntándonos quién ha sembrado el terreno y quién, teniendo la alternativa al alcance, no supo construirla.

¿Y si el fascismo no estuviera ganando tanto como la democracia, en su conjunto, estuviera dejando de merecer la confianza que pide?

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