LA ÚLTIMA MERCANCÍA


Son las siete de la tarde en Copenhague y hace ya dos horas que anocheció.

En una casa pequeña, alguien enciende una vela y la deja sobre la mesa. No hace falta luz; una lámpara ilumina la estancia. Pero la llama consigue algo que la electricidad no puede ofrecer. Hay dos tazas de café. Nadie mira el móvil. Nadie tiene prisa por llegar a ningún sitio porque, por una vez, ya ha llegado. Afuera, el viento golpea la ventana y hace más cálido el ambiente interior que se percibe. La conversación no intenta resolver nada. Simplemente sucede.

Los daneses tienen una palabra para ese instante: hygge.

No es una técnica. No es una moda decorativa. Es una forma de entender la vida: la capacidad de detenerse y disfrutar de lo cotidiano sin sentir la necesidad de estar haciendo otra cosa.

¡Eso no se compra!

Y, sin embargo, lo intentamos.

Una vela hygge. Una manta hygge. Un hotel que promete una auténtica experiencia hygge.

Como si aquella tarde pudiera meterse en una caja y enviarse a cualquier parte del mundo.

¿Qué ocurre cuando intentamos comprar una forma de vivir?

Al otro lado del planeta, en Japón, existe una idea muy parecida. La acuñó a principios de los años ochenta la agencia forestal del país, como respuesta a una población cada vez más urbana, más estresada y más lejos de la tierra. La llamaron shinrin-yoku, el «baño de bosque»: caminar entre árboles sin prisa, sin otro propósito que respirar, observar y dejar que el bosque marque el ritmo. No hay meta ni distancia que cumplir. El cuerpo se regula solo, con la corteza, la humedad y el silencio como única receta.

Tampoco esto se compra. Y, sin embargo, también se vende.

Retiros. Programas especializados. Experiencias diseñadas para reconectar con la naturaleza.

La paradoja es evidente. Aquello que solo tiene sentido cuando se practica acaba convertido en un producto.

Sería tentador culpar únicamente al mercado. Después de todo, posee una extraordinaria capacidad para transformar cualquier deseo en mercancía.

Pero el mercado no solo responde a nuestros deseos. También aprende a crearlos.

Nos acostumbra, poco a poco, a pensar que casi cualquier necesidad tiene un producto asociado y que, si una forma de vivir nos atrae, probablemente exista algo que podamos comprar para acercarnos a ella.

La trampa no está en la vela. Ni en el retiro.

La trampa aparece cuando confundimos el objeto con la experiencia.

Porque el hygge nunca estuvo dentro de una vela. El shinrin-yoku nunca estuvo en el precio del retiro. Del mismo modo que la rebeldía nunca cupo en una camiseta con el rostro del Che Guevara.

Pocas imágenes resumen mejor nuestro tiempo. Un revolucionario que dedicó su vida a combatir el capitalismo convertido en uno de los iconos comerciales más reconocibles del planeta. No hace falta haber leído una sola línea suya para llevar su rostro estampado en el pecho: la camiseta ya viene con la actitud incluida, lista para vestir.

No se vendía una revolución. Se vendía la sensación de acercarse a ella.

Y quizá esa sea la mayor habilidad del consumismo. No vender objetos. Vender emociones. Vender identidades. Vender maneras de vivir.

Hasta que un día ocurre algo casi imperceptible.

Estamos disfrutando de una conversación, de un paseo o de un atardecer. El instante está completo. No necesita nada más.

Y, sin pensarlo, sacamos el móvil.

Buscamos el mejor encuadre. Hacemos una fotografía. Durante unos segundos dejamos de mirar el momento para mirar la imagen que acabamos de crear.

Y, poco después, aparece otra pregunta:

«¿La comparto?»

Quizá sea un gesto insignificante. O quizá no.

Porque, sin darnos cuenta, hemos desplazado el centro de la experiencia. Ya no basta con vivirla. Sentimos la necesidad de mostrarla. Como si necesitara espectadores para terminar de ser real.

Tal vez ese sea el verdadero triunfo del consumismo. No habernos convencido de comprar más cosas. Sino de enseñarnos a mirar incluso nuestra propia vida con los ojos de un consumidor.

Porque nadie puede vender una amistad. Nadie puede caminar un bosque por nosotros. Nadie puede empaquetar una forma de vivir.

Cuando descubres una nueva experiencia ¿piensas primero en vivirla… o en cómo la vas a lucir en las redes?

Deja un comentario