ALFALFA, BLEDO, CARDÓN Y OTRAS HIERBAS DEL MONTÓN


Hay palabras que usamos para expresar desprecio.

«Forraje», por ejemplo.

Y hay plantas cuyo nombre se ha convertido directamente en una forma de restar importancia a las cosas.

«Me importa un bledo.»

Pocas especies han recibido un trato tan ingrato. La alfalfa, el bledo, el cardón y muchas otras hierbas han terminado ocupando un lugar secundario en nuestro imaginario. Son plantas corrientes. Modestas. Vulgares. Hierbas del montón.

¿Cuándo aprendimos a agradecerle al amo lo que le debemos a la tierra?

La historia tiene una forma muy particular de distribuir la gratitud.

Les reserva sus páginas más brillantes a los conquistadores, a los emperadores, a quienes trazaron fronteras con espadas y firmaron tratados con sangre ajena. Levantamos monumentos a quienes nos obligaron a ser algo: súbditos de una corona, hijos de una nación, defensores de una bandera. Les ponemos nombres a las calles. Les dedicamos fechas en el calendario. Les enseñamos a los niños en la escuela como si antes de ellos no hubiera habido nada que mereciera la pena recordar.

Y mientras tanto, la alfalfa lleva siglos esperando que alguien le diga gracias.

No porque lo necesite. Las plantas no tienen ego.

Sino porque ese olvido dice algo muy revelador sobre nosotros.

La alfalfa no fundó ningún imperio. No proclamó ninguna independencia. No escribió ninguna constitución.

Lo que hizo fue algo mucho más difícil de ver y mucho más difícil de reemplazar.

Alimentó a los animales que movían el mundo.

Los bueyes que araban los campos. Los caballos que transportaban mercancías. Los asnos que cargaban lo que los hombres no podían. Sin forraje suficiente, sin esa hierba humilde y constante, ningún ejército hubiera marchado, ninguna ciudad hubiera crecido, ningún rey hubiera tenido súbditos que gobernar.

Piénsalo un momento.

El caballo del conquistador comió hierba del montón antes de entrar en batalla. La épica que luego llenó los libros de historia se alimentó, literalmente, de lo que después decidió ignorar. No hay Alejandro sin la cebada que engordó a Bucéfalo. No hay César sin el forraje que sostuvo a sus legiones en marcha. No hay reconquista, ni cruzada, ni conquista de América sin las hierbas anónimas que nadie plantó para la gloria de nadie.

La alfalfa no te obligó a ser nada.

Te permitió ser.

Hay una diferencia enorme entre las dos cosas. Y sin embargo, hemos construido nuestra memoria colectiva ignorándola por completo.

El bledo, cuyo nombre acabó convertido en sinónimo de irrelevancia, palió hambrunas en tiempos en que los graneros del rey estaban vacíos o peor aún,cerrados. La verdolaga, la borraja, la ortiga: plantas que nadie cultivó con intención de cambiar la historia y que, sin embargo, sostuvieron vidas que de otro modo no habrían llegado hasta nosotros. Generaciones enteras sobrevivieron gracias a lo que crecía en los márgenes, en los bordes del camino, en los lugares que nadie se molestó en reclamar.

Estas hierbas no conquistaron nada. No impusieron nada. No exigieron lealtad ni cobraron impuestos ni prometieron gloria a quienes las siguieran. Solo estuvieron ahí, haciendo lo que hacen las cosas que de verdad sostienen el mundo: su trabajo, en silencio, sin que nadie se lo reconociera.

Y ese es exactamente el problema.

Porque tendemos a confundir importancia con visibilidad. Creemos que lo decisivo tiene que ser espectacular, que lo que cambia el mundo necesita un nombre propio y un discurso inaugural. Y esa confusión no es inocente ni accidental. La hemos heredado. Nos la enseñaron con la misma naturalidad con que nos enseñaron el nombre de los reyes y la fecha de las batallas. Forma parte del relato que fue construyéndose solo, porque los relatos que benefician al poder no necesitan que nadie los diseñe. Basta con que nadie tenga incentivo para corregirlos. Basta con que lo invisible siga siendo invisible el tiempo suficiente para que nadie recuerde que alguna vez fue imprescindible.

Un relato en el que el protagonista siempre tiene corona.

Y la hierba, cuando aparece, es solo el fondo del cuadro.

Nos enseñaron a venerar lo que nos obligaron a ser.

Y a ignorar lo que nos permitió ser.

Lo que te obligaron a ser tiene estatua, fecha en el calendario y nombre de calle.

Lo que te permitió ser no tiene ni lápida.

Quizá convenga preguntarse qué parte de lo que somos hoy descansa todavía sobre hierbas del montón que no sabemos ver. Qué trabajos, qué oficios, qué personas sostienen en silencio aquello que otros exhiben con orgullo. Cuántas alfalfas contemporáneas están ahí, cumpliendo su función, sin que a nadie se le ocurra resaltar su importancia.


La alfalfa, el bledo, el cardón y otras hierbas del montón no merecen un monumento.

Pero sí merecen que dejemos de pisarlas sin verlas.

Porque nos recuerdan algo que incomoda de verdad:

Que hemos pasado siglos aprendiendo el nombre del amo.

Y olvidando el de la tierra que lo hizo posible.

Deja un comentario