SER IMPERFECTO ES HUMANO.


No pedimos un mundo perfecto. Nunca lo ha sido y nunca lo será. Pero hay una distancia enorme entre la imperfección inevitable y la inhumanidad normalizada. Y esa distancia no es una ley de la naturaleza. Es una construcción humana. Y todo lo que construyen los seres humanos puede ser cambiado por seres humanos.

No hace falta ser perfecto para entender que contaminar el agua que bebemos es una mala idea. Para comprender que el hambre no es un fenómeno natural cuando existen recursos para erradicarla. Para saber que detrás de cada guerra hay cadáveres que nadie reclamará, pérdidas irrecuperables y daños que no compensarán ninguna victoria.

La imperfección la aceptamos. Es nuestra condición. Lo que no encaja, lo que no resiste un análisis mínimamente racional, es que hayamos terminado confundiendo imperfección con inhumanidad.

No son la misma cosa.

Ser imperfecto es humano. Equivocarse es humano. Fracasar es humano. Mirar hacia otro lado cuando sabemos que una parte del sufrimiento que nos rodea podría evitarse es otra cosa. Y esa otra cosa merece un nombre más preciso que realismo.

Nunca habíamos acumulado tanto conocimiento. Nunca habíamos tenido tanta capacidad científica, tecnológica y organizativa. Sabemos producir alimentos para toda la humanidad. Sabemos prevenir enfermedades que hace apenas unas décadas eran una condena. Sabemos anticipar sequías, coordinar respuestas globales y distribuir recursos con una precisión impensable para generaciones anteriores.

Y sin embargo.

Mientras escribimos estas líneas, hay personas acumulando riqueza que no podrían gastar en mil vidas. No es una metáfora. Es una cifra documentada, verificable, pública. Y al mismo tiempo hay niños muriendo de hambre. Enfermedades perfectamente tratables que siguen matando. Ignorar una epidemia porque nace lejos no es una política. Es un error que la historia ya ha cobrado más de una vez. Comunidades enteras pagando las consecuencias de decisiones que nunca tomaron.

¿En qué punto decidimos que la vida de algunos vale menos que la cuenta bancaria de unos pocos?

Una sociedad que decide que puede permitirse descartar a parte de sus miembros está ensayando, sin saberlo, lo que hará con los demás cuando llegue su turno.
Porque nadie se reunió en una sala para decretar que millones de personas debían pasar hambre. Lo que hicimos fue algo más sencillo y más inquietante: aceptamos estructuras que producen ese resultado y nos acostumbramos a convivir con él. Poco a poco. Generación tras generación. Hasta que lo excepcional empezó a parecernos normal.

Aquí suele aparecer la resignación. La idea de que las cosas son así porque no pueden ser de otra manera. Pero la historia cuenta un relato diferente.

Hubo un tiempo en que votar era un privilegio de unos pocos, trabajar doce horas al día era considerado normal y la educación un lujo reservado a minorías. Enfermar significaba, para millones de personas, simplemente resignarse.

Nada de eso cambió porque quienes tenían el poder despertaran un día con un ataque de generosidad. Cambió porque suficientes personas dejaron de aceptar como inevitable aquello que no lo era. Todas las conquistas que hoy nos parecen normales fueron consideradas ingenuas, imposibles o peligrosas antes de convertirse en realidad.

Las sociedades cambian. Y cambian precisamente cuando alguien cuestiona aquello que parecía incuestionable.

Por eso la movilización ciudadana no es romanticismo político. Es memoria histórica. Es el único mecanismo que conocemos para obligar a las estructuras de poder a moverse cuando no quieren hacerlo. No porque la movilización resuelva por sí sola los problemas. No lo hace. Pero es la fuerza que empuja los cambios que vienen después. La que abre espacio para nuevas leyes. La que convierte demandas dispersas en decisiones colectivas.

Y cuando esa puerta se abre aparecen las demás herramientas. Cada vez que el saber ha dejado de ser patrimonio de unos pocos, el mundo ha dado un salto. La imprenta, la educación pública, internet: no son simples avances técnicos. Son ejemplos de una misma idea. Cuando más personas comprenden el mundo, más personas pueden participar en transformarlo. Lo que una generación descubre, otra lo desarrolla y otra lo perfecciona. Así es como hemos avanzado siempre.

Tenemos más conocimiento, más recursos y más capacidad de cooperación que cualquier generación anterior. Tenemos ejemplos históricos de que las sociedades pueden corregir sus propias barbaridades. Sabemos lo que funciona y conocemos buena parte de los problemas.

Una sociedad humana que actúa de forma inhumana tiene los días contados. No es una amenaza. Es lo que dice la historia de todas las que lo intentaron antes.

Pero aún estamos a tiempo de escribir una historia diferente.

Lo que queda por decidir no es si es posible. Es si nos atrevemos.

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