DESPUÉS DE LOS APLAUSOS



La visita del Papa nos ha dejado una fotografía curiosa. No del pontífice. No de la Iglesia. Ni siquiera de los creyentes.

La fotografía que deja esta visita es la de un país que parece admirar unos valores que después le cuesta enormemente aplicar.

Durante días hemos visto misas multitudinarias, estadios llenos en Madrid, calles abarrotadas en Barcelona, y en las Canarias una realidad que nadie mencionó demasiado: la de un territorio que lleva años soportando en solitario una presión migratoria que el resto prefiere contemplar desde lejos. Personas soportando horas de espera bajo el calor para escuchar un mensaje que, en esencia, hablaba de dignidad humana, solidaridad, fraternidad y responsabilidad hacia los más vulnerables.

Nada de eso resulta especialmente novedoso. Son valores conocidos. Repetidos. Incluso familiares para buena parte de nuestra sociedad.

Y sin embargo, hay algo que llama la atención.

¿Cómo es posible que un país sea capaz de emocionarse colectivamente ante determinados principios y, al mismo tiempo, mostrar tantas dificultades para llevarlos a la práctica cuando dejan de ser palabras y empiezan a exigir decisiones?

La pregunta no va dirigida a una ideología concreta.

Porque la contradicción no pertenece a la derecha ni a la izquierda.

La encontramos en dirigentes que aplauden durante siete minutos discursos cuyos planteamientos chocan frontalmente con muchas de las políticas que después defienden. Que explican después que una cosa es el discurso y otra es gobernar. Que llegan a decir que les gustan las políticas migratorias del Vaticano, sin detenerse en la diferencia entre un Estado simbólico y un país con fronteras exteriores, pateras y cuotas de acogida que nadie quiere asumir.

Pero también la encontramos en quienes se consideran progresistas, humanistas o solidarios y no siempre están dispuestos a asumir las consecuencias de los valores que proclaman.

La encontramos en quienes hablan de fraternidad mientras levantan muros.

Y en quienes hablan de justicia mientras excluyen a quien piensa diferente.

La encontramos en quienes se declaran creyentes.

Y también en quienes se declaran racionales.

Quizá el aspecto más revelador de la visita no sea la enorme capacidad de convocatoria que todavía conserva una figura religiosa en una sociedad cada vez más secularizada.

Quizá lo verdaderamente revelador sea comprobar hasta qué punto seguimos necesitando escuchar determinados valores, precisamente porque sabemos que no terminamos de cumplirlos.

Las imágenes de estos días también dejan otra paradoja difícil de ignorar.

Llenar las calles para defender la sanidad pública, la educación o los derechos laborales suele requerir enormes esfuerzos organizativos.

Sin embargo, miles de personas son capaces de movilizarse espontáneamente para escuchar un discurso que, en el fondo, les recuerda exactamente la importancia de proteger a los más vulnerables.

No deja de ser llamativo.

Como también lo es observar la diversidad de rostros, orígenes y culturas presentes en esas mismas calles, mientras parte del debate público sigue construyéndose alrededor del miedo al diferente. La misma diversidad que mañana algunos de los presentes seguirán rechazando en nombre de una España que imaginan homogéneamente, blanca y cristiana.

Mientras escuchábamos que el Mediterráneo no puede convertirse en un cementerio, Canarias seguía esperando que otras comunidades aceptaran su cuota de acogida. No la de las pateras —eso ya se da por hecho— sino la solidaridad ordinaria, la que no sale en los titulares y que el resto prefiere esquivar.

Mientras se hablaba de dignidad humana, seguían resonando discursos que reducen a personas concretas a cifras o problemas administrativos.

Y mientras miles de personas aplaudían, resultaba inevitable preguntarse cuántas estaban aplaudiendo una idea y cuántas estaban dispuestas a asumir lo que esa idea implica.

La cuestión no es si uno cree o no cree. La cuestión es más sencilla y más incómoda.

¿Nos gustan realmente los valores que aplaudimos, o solo nos gusta escucharlos mientras no alteren nuestra forma de vivir, votar o relacionarnos con los demás?

Quizá la visita del Papa no nos haya enseñado nada nuevo sobre la Iglesia.

Quizá lo que ha hecho ha sido algo mucho más incómodo.

Mostrarnos un espejo.

Y recordarnos que la distancia más difícil de recorrer no es la que separa Roma de España.

Porque aplaudir valores es sencillo.
Lo difícil empieza cuando esos valores llaman a la puerta y nos piden sitio en nuestra vida.

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