Kafka nos advirtió sobre el corrector. Galeano nos explicó para qué sirve la utopía. Entre los dos, una pregunta que los proyectos transformadores raramente se hacen a tiempo.
La paradoja que no es una ocurrencia
Franz Kafka dejó escrita una intuición que parece una provocación literaria hasta que te detienes a pensarla. Al reinterpretar a Don Quijote, sugirió que la verdadera desgracia del hidalgo no era su sueño. Era Sancho Panza.
La objeción es inmediata: Sancho tenía razón. Don Quijote perseguía un sueño, y alguien tenía que devolverle a la realidad. Sin Sancho, la aventura habría terminado en el primer barranco.
Pero Kafka no hablaba de Don Quijote. Hablaba de algo más amplio.
Porque existe una diferencia fundamental entre perseguir un sueño irrealizable y perseguir un horizonte. El sueño irrealizable es un error de percepción: los molinos no son gigantes, nunca lo fueron. El horizonte es otra cosa: existe, es real, orienta el camino, aunque no se alcance nunca. Y cuando el proyecto no es la locura de un hidalgo sino la voluntad colectiva de transformar algo concreto, Sancho ya no tiene razón automática. El horizonte no es una ilusión que corregir. Es el único motivo por el que vale la pena caminar.
Ahí está el filo de Kafka. No en la caricatura del pragmático, sino en el mecanismo que se activa cuando alguien decide que el horizonte es demasiado lejano.
El corrector y su lenguaje
El corrector nunca llega anunciando lo que es.
No dice que abandona los principios. No anuncia que cambia de horizonte. Habla el lenguaje de la responsabilidad, de la sensatez, de la madurez política. Se legitima como la voz de quien ha aprendido cómo funciona el mundo y quiere evitarte un disgusto. Y en ese lenguaje hay siempre algo de verdad, que es exactamente lo que lo hace peligroso.
Porque el corrector no solo modera. A veces desvía. Abandona compromisos que incomodan, omite principios que complican, cambia silenciosamente de destino sin que nadie convoque una asamblea para decidirlo. La lógica del poder, los votos, las instituciones, la alfombra que se pisa cuando se llega arriba: todo eso tiene una gravedad propia que tira hacia abajo, y el corrector es el que cede a esa gravedad mientras lo llama realismo.
Los proyectos transformadores no suelen morir de derrota frontal. Mueren de otra cosa: de una larga serie de pequeñas cesiones que en su momento parecían razonables. La transformación se vuelve mejora. La ruptura se vuelve reforma. El horizonte se convierte en decorado. Y al final resulta difícil explicar en qué momento exacto el proyecto dejó de ir hacia donde decía que iba.
Esa invisibilidad no es un accidente. Es la forma más eficaz de neutralizar lo que no se puede derrotar de frente.
Para qué sirve soñar
Eduardo Galeano tenía una manera de explicar la utopía que desarma al corrector mejor que cualquier argumento.
Decía que la utopía es como el horizonte. Caminas dos pasos y ella se aleja dos pasos. Caminas diez metros y se aleja diez metros. Por mucho que avances, nunca llegas.
Y entonces se hacía la pregunta inevitable: si es inalcanzable, ¿para qué sirve?
Y respondía: para eso. Para caminar.
El corrector siempre opera con la misma lógica: el horizonte es inalcanzable, así que lo razonable es ajustar las expectativas, bajar el sueño al suelo, contentarse con lo posible. Y tiene razón en el diagnóstico: el horizonte nunca se alcanza. Pero saca la conclusión equivocada.
Abandonar el horizonte para pisar alfombra no es madurez. Es dejar de caminar hacia algo que valga la pena. Y un proyecto que ha dejado de caminar hacia algo que valga la pena puede acumular cargos, ocupar instituciones, gestionar presupuestos, pero ya no transforma nada. Solo administra lo que hay.
Lo que Kafka y Galeano construyen juntos
Kafka nombró el problema. Galeano dio la respuesta. Entre los dos se dibuja algo que vale la pena sostener.
No necesitamos eliminar al corrector. Necesitamos que no gane. Que la tensión entre el sueño y la realidad siga viva, porque es esa tensión la que mantiene al proyecto orientado. Sancho es necesario cuando evita el barranco. Se convierte en el problema cuando decide qué horizontes merecen seguir existiendo.
La diferencia entre un proyecto vivo y uno que se ha vaciado por dentro no siempre está en los resultados. Está en si todavía hay alguien dispuesto a defender el horizonte sin pedir perdón por ello. Sin llamarlo ingenuidad. Sin rebajarlo para que quepa en el paisaje existente.
Los horizontes nunca se alcanzan. Pero el día que dejamos de mirarlos, dejamos de ser lo que dijimos que éramos.
Por eso, es necesario lanzar estas pregunta:
¿Estás empujando hacia el horizonte? ¿Y tu proyecto, todavía mira hacia algo que valga la pena, o ha caído ya en manos del corrector?
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