El hombre que partió una montaña
En 1959, en un pueblo perdido del estado de Bihar, en la India, una mujer resbaló mientras cruzaba una grieta entre rocas.
No era un camino. Era lo que había. Una rendija en la montaña que separaba Gehlaur del resto del mundo, por donde los vecinos pasaban porque no existía otra opción. Falguni Devi la cruzaba aquel día para llevarle comida a su marido, que trabajaba al otro lado. Resbaló. Cayó. Y cuando llegaron al hospital, ya era demasiado tarde.
El hospital quedaba a cincuenta y cinco kilómetros.
Una montaña entre la vida y la muerte
Gehlaur era un pueblo pobre y remoto, como tantos otros en el Bihar de los años cincuenta. Una comunidad de jornaleros y campesinos que vivían al margen de cualquier infraestructura, de cualquier atención del Estado, de cualquier promesa que no llegara a cumplirse. La cadena de colinas que rodeaba el pueblo no era especialmente alta, pero sí lo suficientemente cruel: para llegar al médico, al mercado, a la escuela, había que rodearla entera. Cincuenta y cinco kilómetros de camino para salvar una distancia que, en línea recta, era mucho menor.
Nadie lo cuestionaba. Era así desde siempre.
Y lo que es así desde siempre acaba pareciendo natural. Hasta que deja de serlo.
Para Dashrath Manjhi dejó de serlo el día que enterró a su mujer.
La decisión
Tenía 25 años. Un hijo. Las manos de toda una vida de jornalero. Y una certeza que se fue asentando en él con la misma lentitud y la misma firmeza con que tomaría forma el paso entre las rocas: si él no hacía algo, nadie lo haría. Y si nadie lo hacía, otros vecinos seguirían muriendo como había muerto Falguni. No por enfermedad. No por falta de médicos. Sino por cincuenta y cinco kilómetros de montaña interponiéndose entre la vida y el hospital.
El mejor homenaje que podía hacerle a su mujer no era el luto. Era que otros no tuvieran que vivir lo que él acababa de vivir.
Al día siguiente cogió un martillo y un cincel y se plantó frente a la montaña.
Veintidós años solo frente a la roca
No tenía plan técnico. No tenía financiación. No tenía el permiso de nadie. Lo que tenía era tiempo, determinación y una capacidad para el esfuerzo sostenido que sus vecinos confundieron, durante años, con locura.
Su propio padre lo insultó por abandonar sus obligaciones familiares. La policía llegó a amenazarle con arrestarle. Los vecinos se burlaban. El gobierno no existía. Y Dashrath seguía golpeando la roca, día tras día, bajo el sol de Bihar, con las manos abiertas y sin que nadie le preguntara cómo estaba.
Algunos, con el tiempo, empezaron a verlo distinto. Le llevaban comida. Le ayudaban a comprar herramientas. La burla fue convirtiéndose, despacio, en respeto silencioso. Pero el trabajo siguió siendo suyo.
Veintidós años.
En 1982, el paso estaba terminado. Ciento diez metros de largo, nueve de ancho, casi ocho de profundidad. Una herida abierta en la roca que redujo la distancia al hospital de cincuenta y cinco kilómetros a quince. Que acortó en décadas la expectativa de vida de miles de personas sin que nadie hubiera firmado ningún decreto ni inaugurado nada con corbata.
Cuando le preguntaron por qué lo había hecho, Dashrath respondió: «El dolor de perder a mi mujer fue más grande que la montaña.»
Lo que el poder tarda en ver
Dashrath viajó a Nueva Delhi para reclamar que construyeran una carretera de verdad sobre el paso que él había abierto. No pedía gloria. Pedía que su obra sirviera de algo más duradero.
El gobierno de Bihar propuso su nombre para uno de los mayores honores civiles del país. Murió en 2007, de cáncer, a los 73 años. Firmó los derechos de su historia con una huella dactilar en su lecho de muerte, porque nunca había aprendido a escribir.
La carretera asfaltada llegó en 2011. Cuatro años después de su muerte. Veintinueve años después de que él terminara el trabajo.
Así funciona el reconocimiento oficial.
La pregunta que deja
Dashrath Manjhi no tenía títulos, ni dinero, ni apoyos, ni nadie que le dijera que aquello era posible. Tenía una injusticia delante y la decisión de no mirar a otro lado.
Durante veintidós años, el mundo le dijo que estaba loco. Él respondió con hechos.
Y aquí viene la pregunta que esta historia no puede evitar hacerte: ¿cuántas montañas siguen ahí, intactas, porque nadie ha decidido todavía coger el martillo?
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