¿QUIÉN ADMINISTRA LA MISERIA?


Cuando la política deja de prometer futuro, siempre aparece alguien dispuesto a vender culpables.

El truco más viejo del mundo

Hay una familia que no llega a fin de mes. Trabaja, paga impuestos, y aun así la vivienda se le escapa. Los servicios públicos que conoció de niño ya no son lo que eran. El futuro que le prometieron no llegó.
Y entonces alguien señala al de al lado.
No al fondo de inversión que compró su bloque para convertirlo en apartamentos turísticos. No a las empresas que durante décadas trasladaron producción a países sin derechos laborales. No a quienes diseñaron políticas que desmantelaron el tejido productivo mientras hablaban de modernización…
No.
Al de al lado. Al recién llegado. Al que tiene menos aún.
Eso tiene un nombre: administrar la miseria.

«Prioridad nacional»

Dos palabras que suenan razonables. ¿Quién podría estar en contra de proteger primero a los suyos?
Nadie. Por eso funcionan.
Conectan con algo real: el agotamiento de quienes trabajan más y viven peor. La rabia de los jóvenes que saben que no vivirán como sus padres. El miedo de quienes sienten que el suelo se mueve bajo los pies.
Ese malestar es legítimo. No es manipulación. Es experiencia vivida.
El problema no es el malestar. El problema es hacia dónde lo dirigen.
Porque hay dos formas de responder al deterioro colectivo. Una pregunta por qué cada vez hay menos pan en la mesa. La otra discute quién se merece las migajas.
La segunda es más fácil. Y más rentable políticamente.

El desplazamiento

Nombrar las cosas con precisión importa.
La falta de vivienda tiene causas concretas: especulación financiera, ausencia de parque público, décadas de urbanismo al servicio del beneficio privado.
La precariedad laboral tiene causas concretas: desregulación, devaluación salarial sistemática, destrucción de la negociación colectiva.
El deterioro de los servicios públicos tiene causas concretas: recortes ideológicos, privatizaciones encubiertas, decisiones políticas tomadas con nombres y apellidos.
Cuando el debate público deja de hablar de todo eso y se centra exclusivamente en el inmigrante pobre, no está encontrando soluciones. Está cambiando el foco.
El malestar permanece. Los responsables desaparecen del encuadre.
Y abajo, entre quienes menos tienen, empieza la guerra.
Pobres contra más pobres.
Arriba, casi nada cambia.

La contradicción que nadie quiere nombrar

Europa lleva décadas beneficiándose de un modelo económico profundamente desigual con buena parte del planeta.
Las fronteras estuvieron abiertas para los capitales, para las mercancías, para los recursos. La globalización fue celebrada mientras permitía aumentar beneficios y abaratar costes.
Cuando las consecuencias humanas de ese modelo llaman a la puerta, aparecen los discursos del cierre.
No se trata de culpa histórica ni de negar que toda sociedad necesita organización y capacidad real de integración. Se trata de algo más sencillo y más incómodo: no puedes beneficiarte del sistema y luego usar sus víctimas como chivo expiatorio.
Eso no es política. Es cinismo con bandera.

La pregunta que no se hace

¿Proteger a la población significa competir entre pobres por recursos cada vez más escasos?
¿O significa construir una sociedad donde la vivienda, el trabajo digno y los servicios básicos no dependan del origen de una persona?
La solidaridad no puede consistir en abandonar a quienes viven aquí. Pero tampoco puede convertirse en coartada para deshumanizar a quienes llegan huyendo de situaciones que, muchas veces, Occidente ayudó a crear.
«Prioridad nacional» puede ser una herramienta legítima: defender soberanía económica, industria propia, empleo digno, servicios públicos fuertes. Puede significar construir.
O puede ser un arma emocional para redirigir el miedo hacia abajo, hacia el vecino más vulnerable, mientras los problemas estructurales permanecen intactos.
La diferencia entre las dos no está en las palabras. Está en a quién señalan.

Administrar el resentimiento

El negocio funciona así: tomas a gente agotada, con razones reales para estarlo, y le das un enemigo a su altura. No demasiado poderoso. No demasiado lejos. Alguien visible, vulnerable, fácil de señalar.
No el fondo de inversión que no tiene cara. No la decisión política que se tomó en un despacho hace veinte años. No el sistema que lleva décadas repartiendo hacia arriba mientras habla de esfuerzo y mérito.
El de abajo. Siempre el de abajo.
Mientras eso ocurre, nadie pregunta quién vació la mesa. Nadie exige saber por qué cada vez hay menos dignidad para repartir. Nadie nombra a quienes se benefician de que sigamos mirando hacia el lado equivocado.
Esa es la prioridad nacional que nadie declara. Mantener el foco abajo. Mantener la pelea horizontal. Mantener el sistema intacto.
Y funciona. Mientras no lo nombramos, funciona.

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