DOS GALLOS Y UN SOLO RELATO


El problema de nuestro tiempo no es solamente la injusticia. Es la normalidad con la que hemos aprendido a convivir con ella.

El horror convertido en paisaje

Hubo una canción escrita en tiempos donde las trincheras eran visibles y el miedo tenía uniforme. Decía así:

«Cuando canta el gallo negro / es que ya se acaba el día. / Si cantara el gallo rojo, / otro gallo cantaría.»

Chicho Sánchez Ferlosio no estaba hablando solo de una dictadura concreta. Estaba hablando de algo más permanente: de la diferencia entre un mundo construido sobre la obediencia y la posibilidad de que ese mundo fuera otro.

Muchos creen que aquella canción pertenece al pasado. Que las grandes luchas terminaron, que las ideologías murieron y que el mundo actual es simplemente «lo que hay».

Y quizás esa sea precisamente la mayor victoria del gallo negro.

Vivimos en una época extraña. Nunca habíamos tenido tanta información sobre el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, nunca había parecido tan difícil reaccionar frente a él.

Las guerras ya no irrumpen como acontecimientos excepcionales. Forman parte del paisaje. Las vemos entre anuncios, vídeos virales e indignaciones colectivas que duran exactamente lo que dura un ciclo de noticias.

Ciudades reducidas a escombros. Familias huyendo bajo las bombas. Dirigentes internacionales debatiendo terminología diplomática para no llamar barbarie a la barbarie. Todo ocurre frente a nosotros.

Y el mundo sigue.
Las bolsas abren cada mañana.
Los mercados continúan.
Los algoritmos siguen recomendando contenido.

¿En qué momento aprendimos a convivir con el horror sin que nada se detuviera? Porque el problema no es que exista violencia. Eso ha existido siempre. El problema es la velocidad con la que la tragedia se convierte en costumbre.

El triunfo del cinismo

Durante mucho tiempo pensamos que el poder se sostenía mediante la fuerza. Represión, censura, miedo. Pero el gallo negro de nuestro tiempo ha aprendido algo más eficaz: no necesita que la mayoría lo apoye. Le basta con que la mayoría esté cansada.

Ese es el mecanismo.
Simple y devastador.

Convencer a la gente de que nada puede cambiar. Que protestar no sirve. Que organizarse es inútil. Que toda esperanza colectiva termina corrompida. Y poco a poco, casi sin darnos cuenta, la resignación empieza a disfrazarse de madurez.

Entonces aparecen las frases que hace años habrían resultado insoportables: «es lo que hay», «todos son iguales», «la política no cambia nada». Y lo más inquietante no es escucharlas. Lo verdaderamente inquietante es la naturalidad con la que hemos empezado a aceptarlas.

Porque ahí es donde el gallo negro gana de verdad.
No cuando censura.
No cuando prohíbe.
Sino cuando consigue que las propias víctimas interioricen la idea de que resistir es inútil.

La derrota más peligrosa

Hay algo todavía más grave que la injusticia.

La pérdida de la capacidad de indignarse frente a ella.

Cuando una sociedad deja de reaccionar ante el sufrimiento ajeno, cuando la precariedad se convierte en norma y la desigualdad empieza a parecer inevitable, el problema deja de ser únicamente político. Se vuelve moral.

El poder contemporáneo no necesita ciudadanos convencidos. Necesita individuos agotados, aislados, concentrados exclusivamente en sobrevivir. Demasiado cansados para organizarse. Demasiado frustrados para confiar. Demasiado decepcionados para imaginar algo distinto.

Antes, los poderosos necesitaban imponer silencio. Hoy basta con saturar el ruido hasta que toda esperanza colectiva parezca ingenua.

Por eso el verdadero peligro para el sistema nunca ha sido una ideología, una bandera o una canción. El peligro aparece cuando la gente vuelve a reconocerse entre sí y comprende que los problemas que vive no son fracasos individuales, sino consecuencias de una lógica construida para beneficiar a unos pocos a costa de la mayoría.

Ahí empieza a resquebrajarse el relato.

El gallo rojo no ha muerto

El gallo rojo no necesita multitudes para sobrevivir. Está en quien sostiene una causa cuando ya no es urgente ni rentable hacerlo. En quien nombra una injusticia en voz alta sabiendo que le van a llamar ingenuo. En quien elige construir algo común en un tiempo que premia ferozmente la supervivencia individual.

No son gestos heroicos. Son, simplemente, la negativa a aceptar que este mundo es la única versión posible del mundo.

La historia no terminó. Lo que terminó fue la ilusión de que los derechos se conquistan una vez y permanecen para siempre sin que nadie los defienda. Cada generación hereda la pregunta, no la respuesta.

Y la respuesta, siempre, depende de nosotros.

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