A CUBA LA FRENA EL EMBARGO, «SIN EMBARGO» CUBA AVANZA

Donald Trump aprieta. China actúa. Y el Sur Global toma nota.


A principios de 2026, Donald Trump firmó una orden ejecutiva amenazando con sanciones a cualquier país que suministrara petróleo a Cuba. El resultado fue devastador en apariencia: las importaciones de combustible de la isla cayeron casi un 90%. Las plantas termoeléctricas, ya obsoletas, se quedaron sin materia prima. En algunas regiones, los apagones llegaron a durar veinte horas al día.

Todo indicaba que esta vez sí. Que el embargo, endurecido hasta el límite, había encontrado por fin la palanca capaz de doblar a la isla.

Pero China llevaba meses jugando otra partida.

Desde 2024, Pekín había comenzado a tejer una cooperación energética con La Habana que en ese momento parecía modesta: acuerdos de asistencia técnica, primeros cargamentos de equipos, siete parques solares conectados a la red en noviembre de 2025. No era titular de portada. Era infraestructura. Y la infraestructura no hace ruido hasta que funciona.

Cuando Trump firmó su orden ejecutiva, China ya tenía el andamio montado. Lo que vino después fue acelerar lo que ya estaba en marcha, pero ahora con una dimensión estratégica que nadie en Washington pareció anticipar. En lugar de petróleo —rastreable, sancionable, políticamente costoso— Pekín eligió otra moneda: tecnología solar. Y los números que siguieron son difíciles de describir sin que parezcan exagerados, porque la realidad los respalda. En doce meses de programa conjunto, China construyó 75 de los 92 parques solares comprometidos con Cuba. Algunos se conectaron a la red eléctrica en apenas 35 días desde la llegada de los equipos. La generación solar de la isla saltó del 5,8% al 20% del total. En febrero de 2026, Cuba generó por primera vez 900 megavatios a partir del sol.

El presidente Díaz-Canel lo llamó soberanía energética. No es una frase retórica. Es una descripción técnica de lo que está ocurriendo: cada megavatio solar instalado es combustible que ya no hay que importar, y que por tanto ningún embargo puede bloquear.

La ironía no es accidental. Trump intentó cortar el suministro energético de Cuba por la vía del petróleo. China respondió con una tecnología que el embargo no puede tocar, porque los paneles solares no están sujetos a las mismas restricciones que los combustibles fósiles. El instrumento del castigo se convirtió en el acelerador de la solución. Washington apretó el nudo. Pekín encontró la puerta de al lado.

Y Cuba no es un caso aislado.

Los aranceles de Trump a los paneles solares fabricados en el sudeste asiático —que en algunos casos alcanzan el 3.521%— tenían un objetivo declarado: proteger la industria estadounidense y frenar la expansión comercial china. El efecto colateral nadie lo calculó, o nadie quiso calcularlo. China, con una capacidad de producción solar que excede con mucho su demanda interna, necesita mercados. Y cuando Washington cierra los suyos, Pekín mira hacia el Sur Global: países con alta demanda energética, infraestructura envejecida y escasa capacidad de negociación con las potencias tradicionales. El excedente que Trump expulsa del mercado estadounidense no desaparece. Aterriza donde más falta hace, a precios que ningún otro proveedor puede igualar.

No es filantropía. China sabe perfectamente lo que hace: cada parque solar instalado en Cuba es presencia indirecta a 150 kilómetros de las costas de Florida. Cada acuerdo energético en el Sur Global es influencia que no requiere bases militares ni tratados formales. Es infraestructura. Y la infraestructura dura décadas.

Pero hay algo más profundo que la geopolítica fría.

Lo que está ocurriendo en Cuba es una demostración de que el embargo tiene un límite estructural que sus arquitectos parecen no haber comprendido del todo. El embargo funciona sobre la dependencia. Si Cuba depende del petróleo importado, el embargo puede cortar ese cordón. Pero si Cuba genera su propia electricidad desde el sol, el embargo pierde palanca. Trump no solo no ha frenado a Cuba. Ha acelerado, sin quererlo, el proceso que más le convenía evitar: la independencia energética de la isla.

¿Qué ocurre cuando el instrumento del castigo se convierte en el acelerador de lo que pretendías evitar?

No sabemos qué pretende exactamente Donald Trump con estas decisiones. Quizá proteger una industria nacional. Quizá presionar a adversarios históricos. Quizá ambas cosas. Lo que sí podemos observar es el resultado: China se posiciona en el Sur Global sin apenas desgaste, Cuba avanza hacia donde Washington no quería que avanzara, y los países que el embargo pretendía mantener bajo presión están aprovechando la coyuntura para moverse en la dirección correcta.

Si eso no es justicia poética, se le parece mucho.

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