Dos modelos dominan el mundo. Ninguno se pregunta lo que importa: ¿bienestar para quién, decidido por quién?
Durante décadas, el relato dominante fue simple: el capitalismo liberal era el único camino viable hacia el desarrollo y el bienestar. Hoy, ese relato ya no se sostiene sin matices. El ascenso de China no lo invalida por completo, pero sí introduce una evidencia incómoda: existen otras formas de organizar la economía capaces de producir resultados materiales a gran escala. La cuestión ya no es quién tiene razón. Es qué está fallando en ambos modelos. Y sobre todo: en beneficio de quién funciona cada uno.
El llamado «milagro chino»
No hay milagro. Hay diseño político sostenido en el tiempo.
En apenas unas décadas, China ha sacado a cientos de millones de personas de la pobreza, se ha convertido en la mayor potencia industrial del mundo y ha desarrollado capacidades tecnológicas propias en sectores estratégicos. Nada de esto responde a una lógica de mercado pura.
Bajo la dirección del Partido Comunista Chino, la economía ha sido utilizada como herramienta, no como fin. El mercado existe, pero no decide. La inversión extranjera participa, pero no domina. La planificación estatal orienta, corrige y, cuando es necesario, interviene sin pedir permiso.
El resultado es un sistema capaz de crecer y contener desequilibrios sin depender de la autorregulación del mercado. Eso merece ser reconocido sin romantizarlo. Porque lo que China ha demostrado es que el desarrollo a gran escala es posible fuera del dogma liberal. No que su modelo sea deseable. Son cosas distintas, y conviene no confundirlas.
Occidente: riqueza que no siempre se traduce en bienestar
El modelo occidental sigue siendo extraordinariamente productivo. Genera innovación, riqueza y conocimiento a una escala difícil de igualar. El problema no es su capacidad de producir riqueza. Es su dificultad creciente para distribuirla de forma que garantice condiciones materiales dignas de manera generalizada.
Un sistema que prima la propiedad privada por encima de cualquier otra consideración tiene una consecuencia lógica e inevitable: quien más tiene, más puede acumular. Y quien menos tiene, menos puede aspirar. El hijo del pobre no compite con el hijo del rico con las mismas armas. Nunca lo ha hecho. La movilidad social existe, sí, pero como excepción que legitima la regla, no como norma que la cuestione.
Cuando la sanidad, la vivienda o la educación quedan expuestas a dinámicas especulativas, dejan de funcionar como bases de estabilidad social y se convierten en espacios de extracción de renta. No es un fallo del sistema. Es su funcionamiento normal.
Conviene además no tratar Occidente como un bloque uniforme. Europa y Estados Unidos no son el mismo modelo. Décadas de Estado del bienestar, derechos laborales y negociación colectiva han producido en buena parte de Europa condiciones materiales que el modelo anglosajón desregulado no garantiza. Pero esas conquistas están siendo erosionadas. Y cuando protestar en la calle puede acabar en prisión —como ha ocurrido en España—, la distinción entre «libertad política garantizada» y «restricción del disenso» empieza a ser más de grado que de naturaleza.
El mercado no necesita un partido único para producir sumisión. Le bastan la precariedad, la deuda y la dependencia. La jaula no siempre tiene barrotes visibles.
Dos modelos, el mismo punto ciego
El contraste entre China y Occidente no es entre un sistema correcto y otro equivocado. Es entre dos modelos que han elegido qué sacrificar.
China ha sacrificado la libertad en nombre del desarrollo colectivo. Pero ese colectivo no se gobierna a sí mismo: lo gobierna el Partido. Los logros materiales son reales, pero son una concesión del poder, no el resultado de una deliberación desde abajo. Y lo que el poder concede, el poder lo puede retirar.
Occidente ha sacrificado la igualdad en nombre de la libertad individual. Pero esa libertad tiene un precio de entrada que no todo el mundo puede pagar. Cuando el nivel de libertad real lo marca la capacidad económica, la libertad deja de ser un derecho y se convierte en un privilegio. Una gran utopía, por cierto, mucho mayor que cualquier horizonte colectivo: creer que el individuo es libre cuando no controla las condiciones materiales de su propia vida.
Los sistemas comunistas desarrollados hasta hoy —y esto hay que decirlo con la misma honestidad— tampoco han resuelto este problema. Han cambiado quién controla las condiciones. Han sustituido una clase por otra. Han reproducido jerarquías con distinto nombre. Marx describió un mecanismo de dominación con una precisión extraordinaria. Lo que vino después, en demasiados casos, acabó siendo otra forma del mismo mecanismo.
La pregunta que ninguno de los dos se hace
Hasta aquí, este artículo ha hecho lo mismo que los dos modelos que analiza: hablar de bienestar sin preguntar quién lo decide.
La pregunta que no aparece en el relato chino ni en el relato occidental es siempre la misma: ¿bienestar para quién, decidido por quién, y a qué precio para los que no deciden?
En China, la respuesta es explícita: el Partido decide, el pueblo recibe. En Occidente, la respuesta está ocultada: el mercado decide, y nadie eligió al mercado. La ficción es que el sistema es neutral, que las reglas son imparciales, que cualquiera puede prosperar si trabaja lo suficiente. Esa ficción no es inocente. Es el mecanismo que hace innecesaria la coerción explícita: cuando la gente interioriza que el mercado es natural, deja de preguntarse quién lo diseñó y en beneficio de quién opera.
Los dos modelos comparten algo que no dicen: que el bienestar se otorga. Que la población es destinataria de decisiones, no su origen.
Entonces, ¿qué?
Esta es la pregunta incómoda. La que cualquier análisis honesto tiene que hacerse, aunque no tenga respuesta hecha.
No la tengo. Y desconfío de quien dice tenerla.
Lo que sí puedo decir es esto: si se parte de que la humanidad está por encima de cualquier sistema, entonces ciertas cosas se vuelven innegociables con independencia de cómo se llame el modelo que las gestione. Que nadie muera por no poder pagar una medicina. Que nadie duerma en la calle mientras hay pisos vacíos con dueño. Que el lugar donde naces no decida lo lejos que puedes llegar. Que protestar no te lleve a la cárcel.
No son propuestas de un sistema. Son criterios. Y un criterio es más difícil de rebatir que una ideología, precisamente porque no necesita defender ningún modelo: solo señala lo que es inaceptable independientemente del modelo que lo produzca.
La libertad no es individual. Nunca lo ha sido, aunque nos lo hayan vendido así durante siglos. Nadie es libre en soledad. La libertad real es la capacidad colectiva de decir «no» y que ese «no» tenga consecuencias. Eso no lo garantiza el mercado. Tampoco lo garantiza el Partido. Y construirlo, sin manual previo y sin garantía de éxito, es probablemente el único proyecto político que merece ese nombre.
Conclusión:
El ascenso de China no prueba que su modelo sea superior. Pero demuestra algo que ya no puede ignorarse: el capitalismo liberal, tal como se ha desarrollado en las últimas décadas, no garantiza por sí solo bienestar generalizado.
Ese es el punto de inflexión. No porque obligue a elegir otro sistema, sino porque obliga a repensar el propio. Y sobre todo porque obliga a hacer la pregunta que ninguno de los dos modelos quiere responder: ¿quién decide?
Porque cuando lo esencial depende del mercado, cuando el bienestar deja de ser accesible para una parte creciente de la población y nadie con poder real rinde cuentas de ello, el problema no es coyuntural.
Es estructural.
Y los sistemas que no corrigen sus fallos estructurales no se derrumban de golpe.
Se vacían.
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