Cuando la educación deja de formar ciudadanos para producir respuestas, conviene volver a quien entendía que pensar era, en sí mismo, un acto político
En un momento en el que el sistema educativo parece más preocupado por evaluar que por formar, recuperar a Julio Anguita no es nostalgia. Es una provocación con destinatario concreto: quienes gestionan la educación como si fuera una cadena de producción de respuestas correctas.
El político que volvió a ser profesor
En política, casi todo el mundo entra con una promesa y sale con una justificación. Anguita fue una anomalía. No porque no tuviera poder, sino porque nunca hizo de él su forma de vida.
Tras años en primera línea, volvió a su puesto de trabajo. Sin escándalos, sin fortunas acumuladas, sin puertas giratorias. Volvió a lo que siempre había sido: profesor. Y lo hizo con una convicción que hoy resulta incómoda: que la política no es una carrera, sino una herramienta; y que la coherencia no es una virtud estética, sino una obligación moral.
Esa coherencia es clave para entender todo lo demás. Cuando Anguita hablaba de educación, no lo hacía como quien diseña un programa desde un despacho, sino como quien ha vivido el aula. No hablaba de teorías abstractas, sino de una práctica concreta: enfrentarse cada día a alumnos a los que no quería llenar de contenido, sino despertar.
Frente a una política que gestiona sistemas, Anguita pensaba en personas. Frente a una educación orientada a resultados, defendía una educación orientada a la comprensión. La diferencia parece menor. No lo es.
«Programa, programa, programa»
Hay una frase que Anguita repitió hasta convertirla en seña de identidad. La decía en política, pero vale igual aquí: *programa, programa, programa*. Su argumento era que lo que une no es la ideología compartida, sino un programa común que defienda lo que todos deberíamos defender.
Llevado al aula, el traslado es directo: lo que debería sostener la educación no es la vocación individual de cada docente, sino un método común. No el qué pensar, sino el cómo pensar. No la ideología del profesor, sino el programa: pensamiento crítico como suelo compartido, independientemente de la asignatura o del centro.
Ahí está la propuesta incómoda. Porque enseñar a pensar no es añadir una asignatura de filosofía al horario. Es un método. Un entrenamiento contra la aceptación automática de lo que se da por hecho. Un antídoto contra la obediencia intelectual.
Y eso tiene una dimensión política evidente. Un alumno que aprende a pensar no solo responde mejor un examen. También cuestiona, compara, desconfía cuando toca. No se limita a adaptarse: interpreta. Y eso lo convierte en algo que el sistema no siempre sabe gestionar bien: un ciudadano.
La pregunta incómoda
Hoy sabemos que es posible introducir cambios en el sistema educativo que favorezcan el pensamiento crítico. No hablamos de revoluciones imposibles ni de inversiones inasumibles. Hablamos de cambios metodológicos, de enfoques pedagógicos, de prioridades.
Sabemos que se puede. Y, sin embargo, no se hace. No de forma estructural, decidida, sostenida en el tiempo.
Entonces la pregunta es inevitable: si el sistema educativo puede cambiar sin grandes costes ni grandes esfuerzos, y no lo hace, ¿qué está priorizando realmente?
No hace falta recurrir a conspiraciones para responder. Basta con observar. El sistema premia la respuesta correcta, no la pregunta incómoda. Premia la rapidez, no la profundidad. Premia la adaptación, no la confrontación intelectual.
No porque alguien haya decidido explícitamente crear ciudadanos obedientes, sino porque las lógicas que lo sostienen funcionan mejor así. Evaluar es más fácil que acompañar procesos complejos. Medir es más sencillo que comprender. Estandarizar es más eficiente que personalizar.
El problema no es que alguien quiera borregos. El problema es que el sistema está configurado de manera que el pensamiento crítico no es una prioridad real. Y cuando algo no es prioritario, desaparece.
Pensar como acto político
Recuperar a Anguita no es reivindicar una asignatura más. Es recuperar una idea incómoda: que enseñar a pensar no es neutral.
Porque quien piensa, compara. Quien compara, detecta contradicciones. Y quien detecta contradicciones, toma posición.
Por eso el pensamiento crítico siempre genera tensión. No porque sea peligroso en sí mismo, sino porque cuestiona inercias, privilegios, relatos establecidos. Por eso no basta con que existan profesores que enseñan a pensar. Existen, y sostienen en soledad espacios de resistencia dentro del sistema. Pero su impacto es desigual precisamente porque depende de voluntades individuales, no de una lógica estructural.
Ahí está el límite. No en la imposibilidad de hacerlo, sino en la falta de decisión para convertirlo en norma. Para convertirlo, como diría Anguita, en programa.
Cierre:
Julio Anguita no dejó grandes teorías educativas ni reformas legislativas. Dejó algo más incómodo: un criterio.
Que educar no es llenar cabezas, sino encenderlas. Que enseñar a pensar no es un lujo, sino una necesidad democrática. Y que, si no lo hacemos, no es porque no podamos.
Es porque hemos decidido otra cosa
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